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Refugio de la cinefilia más extrema, de acá y de cualquier parte del mundo, las películas de Philippe Garrel (6.4.1948), con sus personajes melancólicos y románticos y sus historias tristes y reflexivas que miran hacia atrás buscando respuestas, se entroncan con el pasado estético inmediato (la Nouvelle Vague) fusionado a un presente de zonas grises y meditabundas.

La muestra de su cine en el Bafici – varios de sus largos, algunos cortos – tendrá al mismo cineasta dando una clase magistral (19 de abril a las 18.30) donde, seguramente, referirá a los inmediatos años 70 pos Mayo Francés y a su actualidad de incansable permanencia.

“La cicatriz interior” (La Cicatrice intérieure).

En efecto, Garrel pertenece a esa primera generación de cineastas franceses emergidos luego de los sucesos de mayo y admiradora incondicional de Cahiers du Cinéma y de la Nouvelle Vague de fines de los 50 y primera mitad de los 60.

Por lo tanto, esos padres estéticos marcarán a un grupo heterogéneo de directores –Jean Eustache, Maurice Pialat, Jacques Doillon, Chantal Akerman (nacida en Bélgica), entre otros – que reflexionan sobre el cine no desde la cinefilia cahieriesta (Hitchcock, el cine de género de Hollywood, Rossellini) sino desde ese pasado cercano a ellos, con la Nouvelle Vague como referente exclusivo.

“Los celos” (La Jalouise).

Ese padre único – la NV – fue el inicio y el límite: el suicidio de Jean Eustache (el creador de esa obra maestra llamada La mamá y la puta), las preguntas sin respuestas pos Mayo del 68, “el divorcio” entre Godard y Truffaut y, por qué no, la acumulación de hechos diferentes y traumáticos que marcarían los años 70, provocará que los sobrevivientes de ese grupo inicial conformen una trayectoria personal, sin demasiadas filiaciones entre sus miembros y sin la “amistad” ideológica y formal que había tenido su familia progenitora.

De ahí que el cine de Garrel -32 trabajos hasta hoy entre largos, cortos y participaciones en films colectivos -, con casi cinco décadas de actividad, conforme un corpus complejo, constituido por películas narrativas y experimentales, en donde sus películas dialogan entre sí, se complementan y hasta construyen una obra difícil de analizar sin caer en lugares comunes y frases de ocasión.

“A la sombra de las mujeres” (Anémone).

Y claro, siempre dependerá de cuántas películas se pudieron ver hasta hoy y qué recuerdos se tiene de ellas con el paso del tiempo.

Por ejemplo, dentro de la retrospectiva faltarán títulos esenciales que vi en diferentes festivales o en muestras de su cine en la sala Lugones: La naissance de l’amour; Le coeur fantôme; La frontière de l’aube; Sauvage innocence y J’entends plus la guitare (esta última en la primera edición Mar del Plata, en el 96). Pero bueno, todo no se puede y los títulos a ver en Bafici (pese a esas ausencias incuestionables) ameritan el descubrimiento y la posibilidad de anexar piezas dispersas de una filmografía de difícil acceso por estos pagos.

“Amantes por un día” (L’amant d’un jour ).

Parece imposible, y así lo es, pasar por alto La cicatriz interior (1972), con Garrel como actor y director junto a su pareja de entonces, la recordada Nico, cantante, modelo y referente de una cultura determinada con Velvet Underground a la cabeza. Más cerca en el tiempo, y con su hijo Louis Garrel como actor principal en casi todos sus títulos, la propuesta es más que alentadora: La Jalouise (2013), A la sombra de las mujeres (2015) y Amantes por un día (2017), que tendrá su estreno comercial. Pero hay una película imprescindible: Los amantes regulares (2004) o la mirada de Garrel sobre los días posteriores al Mayo Francés, narrados en tres horas de metraje, con relatos y cruces de historias melancólicas, grises, interrogadoras. Y de aquellos días irrepetibles y de sus secuelas cercanas en aquel tiempo (por ejemplo, el triunfo eleccionario de la derecha en octubre de ese año).

“Los amantes regulares” (Les Amants réguliers).

Mayo Francés: Godard lo había anunciado en Weekend y La chinoise. Eustache lo corroboraría en la tristeza del café y el encierro donde Marx y Mao son reemplazados por el polvo y el orgasmo durante las cuatro horas de La mamá y la puta. Más adelante, Olivier Assayas con Después de mayo y, a su manera, Bertolucci en Los soñadores (película pre mayo francés), aportarían sus visiones del acontecimiento.

La mirada de Garrel en Los amantes regulares, por su parte, es personal e intransferible, sumergida en cierta desazón por haber intentando algo que se consumió con el paso del tiempo, acaso de días, horas, casi nada.

Será una buena oportunidad para preguntarle al director sobre aquella utopía de calles, universidades y fábricas ocupadas por ideas y no tanto por la concreción definitiva de hechos.

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