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Pilar Gamboa y Santiago Gobernori en "Las Vegas", el film de apertura del Bafici.

Otoño en Buenos Aires aunque la sensación térmica esté por encima de los treinta grados y todavía estén florecidos algunos árboles que a esta altura del año suelen estar deshojados. Lo cierto es que a pesar de las anomalías del clima como siempre el otoño trae al Bafici y claro, después de 20 años el Buenos Aires Festival de Cine Independiente se ha vuelto una costumbre para los cinéfilos. Así que atravesamos una ciudad que parecía estar metida en un horno y se cocinara a fuego lento en su propio jugo para ir al Gaumont, que desde hace ya varios años es la residencia del cine argentino, teniendo en cuenta que funciona cómo sede principal de la red de salas del Incaa.

Comienza nuevamente el festival porteño y nada menos que en su veinte edición, todo un milagro en una institución que además de crecer en todos estos años, logró esquivar las internas sangrientas, esa costumbre tan argentina. De alguna manera en estos veinte años la calidad del material que se presenta y el peso en la industria han servido para que más allá de los cambios de directores y de programadores, el evento se afianzó, se agrandó y hay que decirlo, al menos en este año abarca buena parte de la ciudad con muchas salas, espacios abiertos y centros culturales.

Llegamos a la alfombra roja y además de la fila para los invitados y y la entrada reservada para la prensa acreditada, nos topamos con una manifestación de gente de la industria que se hizo presente para denunciar lio que ellos entienden una política equivocada y que está destinada a terminar con el cine independiente que es la base de alimentación del BAFICI. Pero antes de entrar nos fuimos ala esquina y allí nos topamos con el director Rafael Fillipelli -invitado histórico, ya sea presentando sus películas o como parte de alguna actividad-, que estaba tomando un whisky, hablamos algo de fútbol y de la selección. Después de ese breve toque, como para entrar en clima, entramos a la sala, saludamos a algunos personajes y algunos invitados estelares. Clima de fiesta, reencuentro con caras amigas porque el Bafici en cierta forma logra ser un lugar de contención para el espíritu cinéfilo y para quienes pasamos por el festival formando parte de alguno de sus equipos, es un lugar amable que despierta recuerdos de todo tipo, como el de ir a las películas atravesando un misterioso humo producido en el conurbano que inundó la ciudad por varios días en el medio de una de sus ediciones o recordar el 2002, cuando se hizo mientras todo parecía desaparecer. Pero estamos en 2018 y el festival para celebrar su vigésimo aniversario eligió Las Vegas, de Juan Villegas, uno de los directores que participó con su obra en el festival y que se siente identificado con el evento.

La previa muestra gente con la ansiedad típica de todo inicio, visitantes extranjeros y a los manifestantes protestando por el achique del sector bajo la consigna “Sin cine independiente no hay Bafici”, alertando sobre las medidas que está implementando el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) y que reorientan el fomento hacia las grandes productoras.

Pero adentro como si nada sucediera, mientras nos sentamos y saludamos a Mariano Llinás, uno de los protagonistas de esta edición que nos presenta su obra La flor (14 horitas) que se verá en tres funciones proyectadas días tras día. Un rato mas tarde es Beatriz Sarlo la que nos saluda y se sienta una par de butacas más allá y a continuación Llinás le cuenta a Sarlo algunas cuestiones de la película que presentará. Unas butacas a la derecha está entre relajado pero definitivamente perplejo el actor escocés Ewen Bremner, que para nosotros será para siempre el inolvidable Spud de Trainspotting.

La charla se interrumpe con el arranque de los discursos, primero del ministro de Cultura de la Ciudad, Enrique Avogadro, del director del Bafici Javier Porta Fouz y de Juan Villegas. Se apagan las las luces y comienza Las Vegas.

La película

Nada mejor para empezar una celebración del cine como es el Bafici con una comedia aparentemente ligera que no lo es tanto o que para expresarlo mejor, usa una aparente ligereza para tocar temas universales.

Paula (Pilar Gamboa) tiene treinta y seis años y junto a su hijo Pablo (Valentin Oliva), viajan a Villa Gesell para pasar fin de año. La relación de ambos es todo lo amorosa que suele ser la relación de una madre y un hijo, pero también es tensa y acumula malos entendidos típicos entre una persona de 18 años y otra de casi 40, cómo la misma Paula se encarga de decir en un momento de la película. El lugar de veraneo es el edificio mítico en Gesell llamado Las Vegas, que existe realmente y donde muchos han pasado días de ocio. Por esas cuestiones de la vida un piso más abajo está pasando unos días Martín (Santiago Gobernori), el padre de Pablo y ex de Paula. Martín está con su nueva pareja lo cual provoca momentos de incomodidad entre la ex pareja, el hijo y la nueva relación de Martín. A ese cuarteto se agrega una guardavida que Pablo conoce en la playa. Los cinco conviven esos días de fin de año y todo es mostrado con un un gran sentido del humor. Las Vegas es acaso las comedia de verano que puede acabar con las comedias de verano, al estilo de las de los años ochenta. Es además de todo esto, un trabajo descomunal de Pilar Gamboa, aunque ese ya casi es un lugar común porque parece mejorar con cada papel que interpreta.

El Bafici no pudo elegir mejor comienzo para este edición, una película de lo mejor del cine nacional, con un sentido del humor original que desmiente el lugar común que dice que es festival de película orientales o asiáticas lentas, que no se entienden aunque hay que aclarar que pensemos que proyectar ese tipo de cine sea un delito.

Comenzó la fiesta del cine con una película que nos dejó a los asistentes a la función de apertura con una sonrisa de oreja a oreja, que por suerte mantuvimos un largo rato.

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