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Una grotesca cara gigante se alza iluminada sobre avenida Santa Fe. Es difícil no haberla encontrado, vagando con la mirada, y sentir la confusión que provoca ver semejante bufonería entre la pulida y compacta arquitectura circundante. Ella está ahí como una señal, Casa del Teatro nos invita puertas adentro, hacia el enigma de sus habitantes.

Una primera parte de la cinta hace del edificio un personaje más, vemos la cotidianidad de sus pasillos y las rutinas de limpieza que dibujan taciturnas coreografías infinitas. Oscar es el protagonista de ésta entrega. Su voz, que no olvida su porte de galán, nos invita al enigma de reconstruir su pasado. La búsqueda de su hijo será el motor que permita descontracturar, y revitalizar, el horizonte de expectativa que podemos construir frente a un documental.

Rosselli asiste, respetuoso e inteligentemente, al proceso de recomposición de una memoria quebrada (Oscar sufre un ACV durante el rodaje). Un magnífico trabajo de edición permite conectar el Oscar del pasado, cinematográfico, con la voz del Oscar del presente, cinematográfico también. Una superposición perfecta que le permite al archivo, y al relato de Oscar, reencontrarse en una fisura temporal. Donde las imágenes del pasado se resignifican en el presente, singular operación que nunca deja de mostrarse (y decirse por el propio Oscar) como centellante y enigmática.

Bafici: Casa del Teatro, de Hernán Roselli (Argentina, 2018)

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