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Un religioso musulmán entra en crisis el día en que muere Michael Jackson y de esta manera el comienzo de Sheikh Jackson demuestra ser  prometedor. La idea de alguien religioso en una sesión de terapia ya es interesante, desgraciadamente toda la promesa se desploma a medida que pasan los minutos y la historia se va degradando hacia un melodrama ramplón. Si técnicamente es irreprochable, el guion hace agua y la película en el fondo trata de quedar bien con Dios y con el diablo.
El protagonista era un pre adolescente allá por 1991, cuando empezó a desarrollar su pasión por Michael Jackson que era a los ojos de los mayores de su familia, un decadente artista de Occidente y digamos que para su padre era sin más ni más un travesti. Ni siquiera le dejaba el beneficio de la duda sobre si era un artista o no.

El adolescente, un poco por admiración y otro poco por oposición a los dictámenes paternos, va los sábados a la noche a bailar vestido como MJ. Así discurre la película entre su presente conflictivo y su pasado sin resolver. En el camino muere la madre y se pelea con el padre tanto como para irse a vivir con el tío. Los apuntes sociopolíticos son bastante livianos y la resolución no la vamos a adelantar, pero es mucho mejor que las de algunas de las películas de Marcos Carnevale, por decir una marca que a esta altura es reconocible y exitosa.

Sheikh Jackson – de Amr Salama (Egipto, 2017)

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