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  • La primera escena ya da una pista de la personalidad de Fran, el protagonista del film. Escondido y asomado al borde de una escalera, espía el momento en que su ex le entrega algunas pertenencias de Fran a un amigo. Este último niega su presencia, obviamente a pedido, ya que es evidente que Fran no quiere o no se atreve a enfrentar la situación.

Fran es uno de esos jóvenes marca registrada del cine argentino post noventas: un poco abúlico, un poco inexpresivo, algo desorientado, con cierta tendencia a dejarse llevar por las circunstancias sin saber muy bien lo que quiere. Sin embargo el realizador, Lautaro García Candela, que aquí hace su debut en el largometraje, no se entrega al retrato ya transitado, y a esta altura un poco cansador, de la introspección y el desencanto de los jóvenes con problemas de comunicación. Por el contrario, si hay una influencia del NCA viene por el lado de la escuela de Martín Rejtman, si es que tal cosa existe, con esos personajes que dicen sus diálogos casi sin revelar emotividad, casi como recitando, y actúan como en automático, como sin reflexionar, entregados al puro flujo de los acontecimientos.    

Es fin de semana, la noche es joven y a Fran no es que se le note mucho el entusiasmo pero se le plantea la posibilidad de encontrarse con Paula, una amiga con la que no sabe que onda pero quizás haya algo. Fran quiere encontrarse con Paula, o no quiere, o no sabe que quiere, pero en todo caso se pasa la noche demorando la decisión. Paula le dijo que va a estar en un boliche pero, en vez de ir directamente para allá, nuestro protagonista va dando vueltas en su auto por la ciudad, pasando de una encuentro casual a otro, de una actividad a otra: sumarse a un city tour nocturno, prenderse en un picado de futbol, visitar a su hermano o acompañar a recién conocidos a extrañas transas de celuloide.  Mientras el tiempo pasa y Fran va procrastinando aún cuando sabe perfectamente donde Paula está.

Hay una forma oblicua de comedia musical donde a veces un personaje se puede poner a cantar porque sí o, a modo de coro griego, un cantante  callejero va apareciendo en los diferentes ámbitos comentando de algún modo con canciones populares algo emotivas y algo mersas. Te quiero tanto que no se plantea desde su título una cierta inadecuación entre las pasiones y lo que uno puede hacer con ellas. Su comicidad está dada por la acumulación de situaciones en las que su protagonista se ve envuelto tan naturalmente y con una cara de piedra ante la que el espectador, por su parte, puede responder con una sonrisa.

Te quiero tanto que no sé, de Lautaro García Candela (Argentina, 2018)

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