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Almas melancólicas pueblan miles de metros cuadrados en la gran ciudad. No hay río, montaña, lago ni tormenta que pueda saciar semejante melancolía. El género documental parece exacto para retratar la vida, y el pesar, cotidiano del verdadero ciudadano porteño. Nunca entendemos, qué motivó a ésta película, quizás es como una burla extraña (se esperan hipótesis). Hay algo de bueno y malo en ello, pujando por la tensión en una historia retorcida; la de un sobrino nieto concursando, sentimentalmente, por la herencia de su tía abuela. Un semipiso en el barrio de Flores es el premio de este programa de concursos. Iair Said va a entrar en escena todo el tiempo, como si un espejo se pusiera frente a la cámara para dar cuenta de una carrera y una identidad, o quizás se quiera retratar el paso del tiempo, ese que si pasa por allí es difícil de notar. Flora no se reconoce en la imagen, cuando se ve al espejo no se ve de esa misma manera. Vernos en movimiento, convertido en un hábito actual, quizás envejezca el alma antes de tiempo.

Flora Schvartzman desfila como un personaje del romanticismo perdido en el tiempo. La contracara de su sobrino-nieto que no para de mostrarnos su día a día, sus modos (y los de su familia) de hablar en la intimidad, sus miedos y conflictos.  Flora, atrapada en la imagen, le juega su venganza a la muerte, arrebatándole la película a la melancolía, y a su autor-sobrino-nieto. Un gesto de la imagen, un síncope del cinematógrafo.

Entonces el porqué, ese que buscamos durante gran parte de la película: motor y motivo (finalidad de su propio hacer) no parece solo de Iair Said, o quizás queda en el borde (ya no importa), entre el cinismo antiguo y la idiosincrasia porteña.

Flora no es un canto a la vida, de Iair Said (Argentina, 2018)

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