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Un barco estancado en el medio del agua. Un rabioso blanco y negro. Una voz en off. Un hombre que baila malambo frente a un pequeño auditorio. El comienzo de la última película del prolífico Santiago Loza remarca las coordenadas que construyen la columna vertebral de su cine: la sencillez en la puesta, la poeticidad de lo narrado, los viajes como recorridos de los ciclos vitales, los cuerpos pensados como soporte y a la vez como transformación, la clase con aquello que contiene y es contenido.

En el caso de Malambo…, Gaspar es ese hombre bueno que confronta sus debilidades con su deseo; que tensiona un cuerpo dolorido a fuerza de trabajo constante; un hombre que finalmente se reconcilia con él mismo en primer lugar y finalmente con el mundo.

Gaspar, invadido por fantasmas (propios y ajenos) necesita volver al malambo; esa carrera que abandonó hace años en una competencia donde fue vencido por otro hombre que recurrentemente se le aparece en pesadillas. Esos sueños son las únicas imágenes que se tiñen de colores, colores apagados, colores contrastantes, como el color de los sueños. El cuerpo de Gaspar ya no es el mismo, su cabeza tampoco, parece ahora un Cristo popular, sin embargo su deseo renace y se torna en un desafío que vencerá a fuerza de entrenamiento duro, de esconder sus dolores y también de alterar sus ideas acerca de la vida en general y del baile en particular.

Contada como un cuento ancestral donde el héroe supera las adversidades, la estructura narrativa se apoya en una voz en off, la del mismo Loza, que aporta la preciosa cuota tan íntima y personal de su cine: la poeticidad y ligada a ésta la ética que siempre Loza trabaja con delicadeza y a la vez con precisión. Esta estructura se plantea en forma de pequeños capítulos que titulan el esqueleto de la película. Nuestro héroe es un hombre común, que además pertenece a una clase donde se comparte habitación con otro joven, diferente, con otras expectativas; nuestro héroe es a la vez alumno y docente de malambo y esa reciprocidad lo hace más vulnerable, más sensible.

En el trayecto que le lleva alcanzar su objetivo se encontrará con su contrincante, aquel que lo dejo afuera de la carrera en el pasado. Este hombre (también común, también bueno) lo ayudará a entrenar y además le hará entender que es necesario superar algunos traumas, algunas miserias; su abuela moribunda le dará su bendición; sus pequeños alumnos lo ven como un verdadero maestro. A partir de estos gestos Gaspar entiende que la redención es posible, que el enemigo suele ser casi siempre uno mismo y así, no sin dolor, allana un poco los ripios del camino hacia los propios sueños y hacia la construcción de su subjetividad.

Ese cuerpo de Gaspar, doliente y doloroso; es también el cuerpo de una clase que no cede, que no traiciona su ética, que baila al compás de ese martilleo de tambores, de esa música que es interna y externa, de esos zapateos con los pies desnudos. Malambose ubica en un espacio de tensión entre la dureza del cuerpo y la sutileza de la poesía; entre el candor de los alumnos pequeños y el rigor de los hombres duros que bailan y practican; entre las marcas y heridas del propio yo y los dolores del físico; entre el deporte y el espectáculo que entraña el malambo.

Malambo termina allí donde empieza, en el mismo lugar, en la soledad del mar, en el interior del barco: los hombres que repetimos cíclicamente la historia no sólo de nosotros mismos sino de la clase a la que pertenecemos. Nosotros, como Gaspar, somos los sobrevivientes de una época que deja marcas, huellas y dolores y eternamente las seguirá dejando.

MALAMBO, UN HOMBRE BUENO
Malambo: El hombre bueno. Argentina, 2018.
Guión y dirección: Santiago Loza. Elenco: Gaspar Jofre, Fernando Muñoz, Nubecita Vargas, Pablo Lugones, Gabriela Pastor y Carlos Defeo. Fotografía: Iván Fund y Eduardo Crespo. Música: Zypce. Edición: Lorena Moriconi. Sonido: Nahuel Palenque y Guido Deniro. Diseño de producción: Adrián Suárez. Duración: 71 minutos.

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