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En el comienzo una exploración vaginal se transforma en un ojo. La aparente complejidad de esta escena se vuelve un patrón de construcción en la estructura de la película. La duplicidad, los espejos, el sexo, los dolores, los cuerpos, las pantallas divididas magnifican los demasiados temas que Ozon pretende abordar. Todos estos temas están atravesados por el “engaño”. Nada de lo que parece ser en la película de Ozon lo es realmente y no es precisamente un procedimiento beneficioso en este caso sino todo lo contrario. El engaño es el de Ozon que se nos planta a nosotros los espectadores con una película que es un fraude en sí misma, es una construcción demasiado artificial sobre conceptos trabajados de manera liviana, irresponsable.

Una mujer traumada, un par de gemelos que la seducen y en el medio todo un maremágnum de conceptos psicológicos y psiquiátricos que parecen abordados a partir de la lectura de manuales básicos. Y a partir de esa mirada demasiado básica, demasiado primaria, los materiales se vuelven perversos. Pero perversos de una perversión mal pensada, mal planteada. Esa perversión que confunde la moral con la ética, que hinca sus dientes en el cuerpo de esa mujer un poco débil, un poco neurótica. Lejos muy lejos queda el Cronemberg al que la película pareciera acercarse peligrosamente, esa obra maestra que fue Pacto de amor trabajaba a partir de la fuerza y de la sutileza de unos materiales nobles a los que el verdadero “autor” Cronenberg se acercaba con demasiada inteligencia, buen tino y una cantidad de cine inconmensurable. Resulta así que nada más alejado de los conflictos que transitan los gemelos cronenberianos que las naderías espejadas a las que se enfrenta el trío de Ozon.

Francoise Ozon se forjo una fama de “autor” en algún momento de su carrera, pero rápidamente sus películas se volvieron enrevesadas, extrañas, falsamente psicológicas, a caballito del triller y del erotismo, esas películas que sobrevuelan conceptos vagos sobre la mujer, sobre el deseo, sobre el sexo. Hay algo de este cine de Ozon que suena anticuado, como si fuera un cine de otra época que de algún modo escamotea la realidad, el presente, el contexto y se instala en una zona donde la perversión, el trauma, la complejidad de la puesta, la mezcla de los planos de realidad y ficción alejan al espectador de cierta necesidad, de cierta urgencia que reclama un cine más contemporáneo. Tal vez, es necesario seguir pensando esta hipótesis, el cine que últimamente viene de Europa y que muchos festivales legitiman (quizá apegados a viejos preceptos) se acerca peligrosamente a un cine anquilosado, un cine adherido a guiones rígidos con puestas que en su supuesta y mentirosa modernidad no hacen otra cosa que producir y realizar películas severas, que no pueden respirar, que no tienen aire, que trabajan temas “importantes” pasados por la licuadora de los manuales de uso. Esas que de tan sofisticadas se vuelven vacías, y lo que es mucho peor engañosas. Sucede esto con por ejemplo las últimas películas de Hanecke, de Lanthimos, de Sorrentino, de Dolan entre los más “exitosos”. Por suerte aún queda por ahí algún Garrel, alguna Varda y no poco más en Europa que intenta equilibrar un cine más honesto, más sincero, más fiel a sí mismo, más pendiente de un presente renovado.

AMANTE DOBLE
L’Amant Double. Francia/Bélgica, 2017.
Dirección y Guión: François Ozon. Intérpretes: Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, Dominique Reymond, Fanny Sage, Jean-Édouard Bodziak, Antoine de La Morinerie, Jean-Paul Muel, Keisley Gauthier. Producción: Eric Altmayer y Nicolas Altmayer. Distribuidora: SBP Worldwide. Duración: 107 minutos.

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