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Román, el bueno de Román, confía en la bondad del mundo, en el universo que lo rodea, en la confianza de sus compañeros de tareas y en su jefe policial. Lee a Mishima (¡plop!), va seguido al gimnasio, tiene un amigo fiel con el que va a pescar y de vez en cuando se revuelca con una mujer, casada, que trabaja en un templo evangélico.

Román es pura anatomía como si se tratara de un ejemplar de WWE de lucha libre con rostro parecido al de Lou Ferrigno.

Qué mala es Román: parece un viaje al cine argentino de los 80 e inicios de la década siguiente con un packashing formal superior que en los resultados finales no interesan. Más aun, el guión flaquea en varios sectores, la mirada del personaje central (interpretado por un actor nulo en matices) parece la de un Rambo anabolizado, como si Román – el personaje – se corporizara en la antítesis del policía corrupto y merquero que hiciera Gerardo Romano hace más de veinte años.

La música enfática, los diálogos impostados –de los otros intérpretes, buenos actores (Roca, Portaluppi), metidos en personajes imposibles-, las escenas de acción (¿?) cercanas a aquel engendro que Echecopar hiciera para la tevé, la repetición de tips y tics (uf, los diálogos de Román con su cana amigo encarnado por Casero), la remanida corrupción policial (en esos momentos pensaba en El bonaerense de Trapero), de a poco, van conformando algo más de una hora (casi) imposible de concebir. Pero que existe.

Solo un plano me parece recordable, aquel donde Román mata al pastor que personifica Portaluppi, con la cámara lejos, en un encuadre perfecto, afiliado al de una película de y con Takeshi Kitano.

Pero solo un plano, un minuto, nada. Uf.

ROMÁN
Román. Argentina, 2015. Dirección: Eduardo Meneghelli. Guión: Gabriel y Pablo Medina. Fotografía: Gustavo Biazzi. Montaje:Andrés QuarantaCon: Gabriel Peralta, Carlos Portaluppi, Horacio Roca, Nazareno Casero, Arnaldo André, Aylin Prandi. Duración: 73 minutos.

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