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Tercera película del chileno Che Sandoval (aquí la entrevista) luego de Te creís la más linda (pero erís la más puta) y Soy mucho mejor que vos, cineasta de culto “baficiano” y director trasandino auténtico a ambos lados de la cordillera.

En su nuevo opus subyace un fuerte cambio de punto de vista: de la misoginia juvenil y a flor de piel de su opera prima, pasando por el registro de la crisis de un hombre de 40 años en la segunda, en donde se respetan algunos códigos de vida del film anterior, en esta nuevo y exquisito exponente de puesta en escena, la historia recae en Martina Andrade, cantante y diva pop exitosa en un pasado no tan lejano.

El personaje es pura energía y decisión aun cuando su frigidez sexual y el recuerdo de un torrentoso amor reaparezcan en una actualidad ciclotímica y divagante. El deseo está ahí, urgente, y en ese punto la historia abre el abanico argumental hacia dos ejes: por un lado, la aparición de Francisca, una fan chilena que dice ser su hermana y, por el otro, el personaje de César –novio de aquella -, que se convertirá en el objeto de deseo de Martina.

En todo de comedia construida a base de situaciones hilvanadas desde los afectos, la búsqueda de una familia que no existe, la soledad que trata de disimularse, la cercanía de los cuarenta del personaje central y un padre que agoniza y que la hija visita de vez en cuando, Dry Martina traslada a Chile todos y cada uno de los conflictos, a un paisaje ideal como constraste cultural, en oposición y complemento, entre dos sociedades cercanas pero con diferencias.

Dry Martina es una película sexual, desde las imágenes y la verborragia de los personajes, también de la libertad con la que traslucen situaciones dignas de una screwball comedy de tonalidades grises donde el director nunca pierde como centro operativo de la historia a su personaje central.

En ese punto, la puesta en escena es Martina, seca, dry, caliente, sudada, feliz, triste, desconcertada, apabullante, melancólica, frontal.

Luego de un nuevo encuentro sexual con César, la cámara de Sandoval se ubica en el cuerpo y la voz de ella recordando a su viejo amor y su carencia afectiva provocada por la ruptura. Martina habla, César mira sorprendido. En esa íntima escena verbal, luego de que la pareja cogiera por segunda vez, Dry Martina expresa de manera elegante un monólogo en la cama como lo hacía aquel Cassavetes en blanco y negro de Shadows y Faces fusionado al Woody Allen de Annie Hall y Manhattan.

En esta estupenda escena, como en toda película, sobresale la interpretación de Antonella Costa, tan potente en cada uno de los planos que hasta sería imposible imaginar otra Martina con esos gestos, miradas y movimientos junto a ese cuerpo y esa voz.

DRY MARTINA
Dry Martina. Chile/Argentina, 2018.
Dirección y guión: Che Sandoval. Productores: Florencia Larrea, Gregorio González, Hernán Musaluppi, Natacha Cervi. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Dirección de arte: Nicolás Oyarce. Montaje: César Custodio. Música: Gabriel Chwojnik. Intérpretes: Antonella Costa, Patricio Contreras, Geraldine Neary, Pedro Campos, Álvaro Espinosa, Yonar Sánchez, Héctor Morales, Humberto Miranda, Joaquín Fernández, Sergio Nicloux. Duración: 96 minutos.

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