Seleccionar las mejores películas nacionales de los últimos diez años y cruzar el mundo para explicar el “fenómeno” del Nuevo Cine Argentino. La retrospectiva fue entre el 12 y el 16 de junio, en el marco de la quinta edición del Cinema South Festival, organizado por el Sapir Academic College de la ciudad de Sderot, en el sur de Israel.

Después de veintitrés horas de viaje finalmente llego a Tel Aviv. Previsiblemente, a la salida del aeropuerto Ben Gurion el calor pega como un mazazo, pero enseguida el taxi estabiliza la temperatura corporal y se puede respirar. Me informan que me van a alojar en un kibutz llamado Dorot, a unos pocos kilómetros de la ciudad de Sderot, donde se desarrollará el festival. Calculo que vamos a unos 120 kilómetros por hora por una autopista impecable, lo que no me impide notar que a ambos lados de la ruta los alambrados y la seguridad son abrumadores. La llegada al kibutz también viene precedida por una reja con guardia (todo, pero todo esta enrejado, custodiado, alerta) que nos cede el paso luego de una acalorada discusión -con el correr de las horas me doy cuenta que tal discusión no existió y que la vehemencia y las voces casi a los gritos son una constante en los israelíes-. Después de acomodarme en el departamentito, me pasan a buscar para comer en uno de los pocos barcitos que están abiertos el sábado, día muerto en esta parte del mundo. Mientras me despido de engullir algo típico y muerdo una hamburguesa standard, la selección nacional defiende los colores patrios frente al temible equipo de Costa de Marfil, por suerte estoy con otra gente a la que no le interesa demasiado el fútbol y por una vez no me siento un extraterrestre. Afortunadamente “ganamos”, la casa está en orden, no tengo que sentirme culpable por algún desastre deportivo producto de mi indiferencia.

La foto de rigor.

El día domingo comienza más bien temprano: 3:30 am; es que el jet lang hace lo suyo y no me queda más remedio que ver tv en hebreo, que sumada al sonido de varias explosiones en wholesale mlb jerseys cadena de los kasam (disparados desde la franja de Gaza, los misiles son hechos con tubos de alumbrado y por esa razón se está estudiando que los futuros postes sean de plástico) y la respuesta israelí (el orden puede ser inverso, quién sabe), me dejan en estado de shock. Finalmente la noche termina y me vienen a buscar para desayunar en el comedor del kibutz, la cosa es autoservice y compruebo que la gente come sin culpa, de manera metódica y desaforada: enormes platos de verdura, mucho yogur, tortillas gigantes, frutas, unos postres de chocolate enormes (juro que vi a un hombre de unos 55 años comerse tres) y café turco que agujerearía el estomago más templado. Por ahora me voy enterando que este kibutz, Dorot (pegadito a la granja de Ariel Sharon), es mediano, unas 200 familias que se reparten en una extensión enorme que tiene algo de country, pero con una impronta barrial alla hace unas tres décadas del Gran Buenos Aires. Clara, una argentina que reside en el país hace veinte me cuenta que el kibutz produce productos del campo y además tiene una fabrica de válvulas industriales, también me confiesa con cierta tristeza que las cosas están cambiando vertiginosamente, que los jóvenes no quieren vivir más en forma comunitaria y que probablemente van a tener que adoptar una modalidad de gerenciamiento, más agiornada con estos tiempos, es decir, una especie de privatización de los kibutzines que demolerá el viejo sueño socialista para pasar al liberalismo, contenido, pero liberalismo al fin.

Tierra de nadie, después Gaza.

Mientras me voy acostumbrando a la idea de que el domingo es un día laborable, Avner Fainguelernt (director de la muestra y de Men on the Edge, un muy buen documental sobre un pescador palestino) me lleva a recorrer junto con el resto de los invitados la Sapir College, la institución organizadora del festival. El campus tiene 12 facultades en donde unos 7.500 estudiantes se reparten en las diferentes carreras, entre ellas cine; queda claro que en una zona que es la puerta al desierto, básicamente agrícola, poblada en su mayoría por inmigrantes y cercana a Gaza el College es una especie de quijotada (por cierto, el leitmotiv del festival es el Quijote montado en un camello Nelerdir con una cámara al hombro). Aun así, Sapir es un lugar en donde se respira una tolerancia diferente al resto de lo poco del país que visité -aunque hay que tener en cuenta que está ubicada en una zona hipertensa, que tanto las incursiones del ejército israelí como los Kazam son continuas-, y los estudiantes concurren a clases con normalidad en las magníficas instalaciones, en un clima que se podría definir como neo-hippie-tecnológico.

Por la tarde nos llevan a Rahat, un pueblo beduino en donde la Academia Spir tiene un taller de cine para chicos de menos de veinte años, en un centro cultural donado por una fundación francesa. Aquí la realidad es bien diferente a por caso, Sderot, en donde se nota un buen nivel de vida, y como testimonio  de los dos mundos diferentes y necesariamente en pugna, se puede destacar que Rahat tiene un alto nivel de pobreza y la desocupación llega al 65 por ciento de la población activa. Es el fin de las clases y los alumnos presentan sus cortos: el primero es Amor en un cuaderno, el relato sobre una imposible relación adolescente, el segundo es El cuarto de mis sueños, en donde una mujer de mediana edad cuenta lo difícil que es sobrevivir en el pueblo siendo divorciada y con dos hijos. Los estudiantes están excitadísimos (nota: las chicas son dolorosamente bellas) y cuando llega el momento de los diplomas, el sonido que emiten las mujeres con el característico grito tuareg es ensordecedor. Después dan Paradise Now con posterior debate, que es respetuoso, que es apasionado, pero del cual me pierdo la mayor parte porque la discusión es una mezcla de hebreo y árabe. Poco antes de volver, Eyal Sivan, director entre otras películas de Un especialista y Ruta 181, además de docente de Sapir, me dice que “este pueblo es casi una imposición del estado israelí, que contraría la historia nómada de los tuareg, entonces para nosotros hacer un taller de cine aquí es una labor militante”. En tanto el Muasin de la ciudad llamaba por los altoparlantes al rezo de la tarde hacia La Meca, trato de acomodar la cabeza a tanto choque cultural y me suben al auto de una profesora de cine antropológico junto a dos de las chicas que ofician de ángeles para los invitados extranjeros (gracias Maia por todo), y mientras desandamos el camino a Sderot con una puesta de sol increíble en el desierto, la charla versa sobre la banalidad o no del cine de Spielberg, la tendencia de los argentinos a psicoanalizarse -un tema que les hace mucha gracia- y los Kasam que cada día son más numerosos.

Estudiantes tuareg.
Jean Perret, Michael Favre, Samba Felix N’Diaye, Sergio Bloch.

La cena es en Nativilla Azara, un kibutz semiprivatizado en donde está la casa de Hagar Sa’ad, uno de los organizadores del festival. La noche es magnífica, y empiezo a hacer buenas migas con el brasilero Sergio Bloch (Vida sobre ruedas, Mini cine Tupy), el senegalés Samba Felix Nadia (Rwanda – In Remembrance, Letter to Senghor), los suizos Frédéric Baillif (Geisendorf) y Michel Favre (Picture to Speech) y el crítico de cine Roger Clarke, del periódico inglés The Independent. La conversación deriva rápidamente del cine a la música, y ayudados por el buen vino local terminamos entonando un samba brasileño y un tango -creo que fue “Volver”-, ante la mirada asombrada del resto de las mesas.

La primera mitad del lunes es medianamente intrascendente, salvo que me llevan a comer falafel (bolitas de pasta de garbanzos en pan árabe con repollo, pepino y humus), que se consumen en la calle como nosotros el choripán, acompañado por la muy buena cerveza israelí. El descubrimiento es vital, aunque pesado. Me empiezo a sentir mal y alguien me dice que no es la comida sino la falta de agua -a pesar de que ya llevo tomados como mínimo dos litros del líquido elemento-. Me mandan a descansar, no sin recomendarme hasta el cansancio que ingiera toda la bebida que pueda (a propósito, en las estaciones de servicio hay packs de agua que la gente compra al paso, al igual que haríamos en la Argentina con el carbón). A la tardecita es la inauguración oficial de la muestra en la Cinemateca, con un corto bastante divertido realizado especialmente para el festival del Quijote con su Sancho en una moto con sidecar; después llegan los discursos, el de Avner Fainguelernt que expresa el deseo de que en pocos años se pueda hacer el festival mitad en Sderot, mitad en la Franja de Gaza, y después el del Ministro de Cultura y Deporte, Ofir Pines (laborista) que promete dinero para algunas obras y termina su discurso con un poético “Aunque los cañones suenen, las musas hablan”. Noto cierta tensión en el ambiente, pero quién sabe. Después vemos Nuzhat Al Fouad, de Judd Ne’eman, que vuelve a la dirección luego de 17 años y según parece su regreso es un acontecimiento. La película es una alegoría sobre “La mil y una noches”, con un relato fragmentado que recuerda al primer Godard.

Zeppelin detector de Kazams.

Para el martes tengo la primera actividad relacionada con el cine nacional y presento Pizza, birra, faso en Or-Haner, un kibutz con gran cantidad de argentinos. Hablo con varios veteranos que hicieron la alia (que en hebreo significa “subir” y a los efectos prácticos es inmigrar a Israel) hace muchos años, me cuentan que el kibutz tiene varios emprendimientos económicos, entre ellos la parrilla “Patagonia”, que está muy bien montada y aparentemente es un éxito. Y aunque mantienen contacto con la Argentina, para la mayoría del público es una sorpresa la violencia social que muestra Pizza…, es como que tienen un blanco de un par de décadas del gran país del sur.

Falafel en todo su esplendor.

Por la noche comemos en “Kuklah”, un restaurante que está dentro de Mefalsim, otro kibutz. Hay unos confortables sillones, hay una pantalla gigante y esta Brasil jugando con alguien; mientras noto que los camareros se ofenden porque no pido asado (al local lo regentean hijos de argentinos), paso una linda cena entre la euforia brasileña de Sergio Bloch (“¡Ganamos, ganamos!”), la charla con un profesor de Historia del Cine de origen argentino radicado hace 20 años en el país y la deliciosa ingestión de unas albóndigas de composición indescifrable con guarnición de, creo, berenjenas.

Con Roger Clarke y Michel Favre.

Para el miércoles estoy bastante adaptado, ya no me sorprenden tanto el sonido apagado de las explosiones más o menos lejanas, tomo tanta o más agua que cualquier local y ya aprendí a pedir el falafel como me gusta: con mucho repollo y pepinos. Hoy es el día fuerte del cine argentino, primero presento Barbie también puede eStar triste, de Albertina Carri y Los guantes mágicos, de Martín Rejtman, que se programaron juntas y aunque no tiene mucho en común, me las arreglo dignamente para encontrar un hilo conductor. El éxito es rotundo y la gente disfruta con ganas, tanto del corto tanto como de la última de Rejtman.

Público feliz con Los guantes mágicos.

Después llega la charla sobre la evolución de los últimos 10 años del cine nacional, de esa entelequia llamada Nuevo Cine Argentino. Es curioso, mientras que en el país discutimos sobre cierto agotamiento del NCA, de la pérdida de aquella pasión y de algunos indicios de clonación de segundas y terceras camadas de realizadores, aquí se comprueba que lo hecho en esta última década despierta interés, asombro y aprobación. Es que la charla, organizada, entre otros, con fragmentos de películas como Silvia Prieto (Martín Rejtman), La ciénaga (Lucrecia Martel), Los rubios (Albertina Carri), Sábado (Juan Villegas), Los muertos (Lisandro Alonso) y Trelew (Mariana Arruti), afirma el convencimiento que estos títulos son la realidad del Cine Argentino, sin la etiqueta de nuevo o viejo. Para que quede claro, algunas batallas están ganadas.

Con Eyal Sivan.

Por la tarde veo en… otro kibutz -esta vez brasileño-, Mini cine Tupy y Vida sobre ruedas, de Sergio Bloch. El director es un tipo fantástico, inteligente, lleno de vida y con un humor desbordante; y si se juega como se vive, bien se puede aplicar la metáfora futbolera al cine, los documentales de Bloch son vitales, están vivos, y a pesar de la realidad que muestran, su realización tiene una visión del mundo necesariamente solidaria.

La charla.

El jueves por la mañana está programado el corto Rey muerto, de Martel y Los muertos (cuac), de Alonso. Una vez más la recepción es favorable y más que nunca se nota la sorpresa. Mientras esperamos fuera de la cinemateca los autos que nos van a llevar de paseo a Jerusalén, se escucha por los altavoces el “Shajar Adom” (mañana roja), me empujan nuevamente dentro del cine y se siente la explosión de un Kazam, bastante más potente que los habituales. Ese mismo día me entero por televisión que la situación con Gaza se esta deteriorando rápidamente, a partir de que un obús de la artillería israelí matara a una familia que estaba en la playa.

Sin reponerme del todo del susto (parece que el proyectil dio en una carpintería), viajamos a Jerusalén, en donde primero visitamos el museo del holocausto Yad Vashem, que es necesario, que es agobiante, que es abrumador, pero que sin embargo su construcción hiper moderna (costo 40 millones de dólares) le patea en contra, me parece que en algún punto lo multimedia y el diseño aplastan el mensaje. No sé. Después, vamos a la ciudad vieja, al mercado árabe, al Muro de los Lamentos y al Santo Sepulcro. Y qué se puede decir, aun para un agnóstico endeble como yo, la visita a estos lugares resulta intensa y movilizadora.

Nuestras carnes en Sderot.

A la noche del mismo día es el cierre, en una entrega de premios bastante distendida (las películas en competencia son los 22 trabajos de los estudiantes de Sapir), al aire libre, con puestos de comida y espectáculos musicales.

Finalmente vamos a un pub que está ¿adivinen?, si, en un kibutz. Hay charlas de despedida, muchos abrazos, mucho cambio de tarjetas -al ver la mía, el suizo Jean Perret, director del festival Cinéma du Réel, me pregunta sobre el desplazamiento del crítico Quintín de la dirección del Bafici, explicación que me consume como mínimo una media hora-, mucha bebida, y bah, lo habitual de esta clase de encuentros.

Bloch esquiva tazas en Jerusalén.

El viernes se va entre las cuestiones operativas de la vuelta, una visita a Tel Aviv (comemos en un boliche al lado de la embajada de Estados Unidos, con un susto considerable de mi parte) y la compra de algún souvenir para la familia.

La invitación para curar una retrospectiva de cine argentino en un festival como el Cinema South Festival fue una experiencia magnífica, en un festival que está hecho con un enorme esfuerzo y una clara actitud militante. Gracias a este viaje al sur de Israel, puede conocer un país diferente al de los medios, y asistir por una vez al intento exitoso de “convertir a la periferia en el centro”, como dice Avner Fainguelernt, que completa: “un lugar donde esos diferentes grupos étnicos, esas culturas que confluyen aquí, tengan un lugar para hacer escuchar su voz”.

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