Miss Tacuarembó no sería posible sin la participación de Natalia Oreiro. La explosión de alegría ochentosa que le imprime a la película el director Martín Sastre, con estéticas cruzadas que van desde films como Flashdance, La magia de los Parchís y hasta La vida de Brian (de los Monthy Python), las referencias a la “primera” Madonna, y claro, las telenovelas como la venezolana Cristal, acompañado por innumerables guiños hacia el espectador más o menos entrenado en la cultura-chatarra de los reality, están al servicio de una puesta que sería impensable sin la actriz uruguaya, que se mueve con soltura dentro de tono decididamente kitsch del film.

Aquí Natalia Oreiro es Natalia, una niña que sueña ganar el concurso de belleza de Tacuarembó, la única manera que se imagina para escapar de la chatura pueblerina y, sobre todo, de Cándida (también a cargo de Oreiro), su maestra de catecismo. Después, ya adulta, la realidad se encarga de señalarle el fracaso de sus aspiraciones con un empleo en un parque de diversiones con temática bíblica. En los últimos cuatro años, Oreiro recorrió un interesante camino en el cine. Ahí está la reciente Francia (2010), en la cual se puso en la piel de una empleada doméstica al servicio de una película “clasista”, según la definió el director Israel Adrián Caetano; Las vidas posibles (2007), que la muestra como una muy digna intérprete del denominado nuevo cine argentino; Música en espera (2009), en su perfil de artista popular ideal para un buen film industrial, y La peli (2006), en la que se revela como una actriz casi bergmaniana.

Aquí Oreiro se deja llevar por Sastre, que a partir del universo que plantea el libro del multifacético uruguayo Dani Umpi, baraja todos los materiales a su disposición y se decide por una realización enérgica. Pero ese mismo impulso no logra ocultar cierta falta de hilación en las coreografías ideadas por Diego Reinhold para las canciones compuestas por Ale Sergi de Miranda!, ni las innecesarias explicaciones sobre el origen de la protagonista. Miss Tacuarembó es un artefacto extraño, que por su sobreabundancia de ideas a veces tropieza con la cohesión del relato pero, aún así, es una de las propuestas más genuinamente renovadoras del cine hecho en esta parte del mundo.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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