Mostrar una vida con sus triunfos, dobleces, derrotas, patetismo y momentos de gloria siempre dio buenos resultados en el cine, y cuando la historia viene acompañada por el apogeo y la caída, mucho mejor. Si estas recetas pertenecen por derecho propio al género biopic, aplicadas a un personaje de ficción, a veces dan como resultado que el verosímil no resulte demasiado creíble, pero El hombre solitario es una excepción a la regla.
Brian Koppelman y David Levien, responsables de Confesiones de una prostituta de lujo (The Girlfriend Experience) y guionistas de Ahora son 13 (Ocean’s Thirteen), utilizan con inteligencia el último tramo de la fórmula del género biográfico para contar cómo un tipo exitoso, pintón y seductor, termina sin trabajo y solo en la madurez.
Y para eso, tienen como protagonista insuperable a Michael Douglas, una estrella que a través de una agitada vida privada, entradas reiteradas a exclusivísimas clínicas para adictos al sexo y demás cotilleos, es casi irremplazable para personificar a Ben Kalmen, un cínico a ultranza y mujeriego incansable, que tuvo su momento de gloria como vendedor de autos y ahora avanza con ganas hacia el desastre financiero, aún orgulloso de su individualismo y dispuesto a conservar hasta el final un sistema de valores del tamaño de un mosquito.
Con una estructura clásica, el relato delega con confianza el peso de la película en Douglas, que a pesar de componer a un mentiroso y manipulador, no deja de ser simpático y consigue grandes momentos de empatía. Y lo rodea por unos pocos pero decisivos personajes, como Nancy (la siempre extraordinaria Susan Sarandon) como la ex esposa, Jordan (Mary-Louise Parker) que encarna a su actual pareja, y Jimmy (Danny DeVito), un antiguo amigo y ejemplo vivo de todo a lo que Ben se le escapó en la vida.
Pero además de todo el oficio de los intérpretes, la película se atreve a mucho desde el mismo riñón de Hollywood. A trasmano de la industria, decide llevar adelante una película protagonizada por sesentones, que en el transcurso del relato arrastran sus miserias y a los que el tiempo no hizo ni más sabios ni más buenos. Y sobre todo, deja que la propia lógica de los protagonistas se desarrolle con naturalidad, sin redenciones forzadas, como demuestra el plano final de Ben Kalmen mirando a cámara con las manos en los bolsillos. Las cosas son como son.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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