Sylvester Stallone acompañó a varias generaciones de espectadores en todo el mundo, y si bien los films que lo tuvieron como protagonista fueron sinónimo del cine más berreta y reaccionario, pasaron a formar parte de la educación cinematográfica de millones de personas y, en muchos casos, se convirtieron en curiosas piezas de nostalgia culposa.
Luego de los espectaculares finales de Rocky y Rambo, las dos sagas símbolo de aquel cine que tuvo su momento de gloria hace treinta años -“Los ochenta fueron lo mejor, después llegó ese maricón de Kurt Cobain y lo arruinó todo”, decía Randy en El luchador- , Stallone pareció quedarse con la manos vacías. Sin embargo, todavía guardaba una carta en su musculosa manga: Los indestructibles, oda otoñal a los buenos viejos tiempos reaganeanos, que reúne a Sly con Jason Statham, Jet Li, Dolph Lundgren, Mickey Rourke, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger (falta Jean-Claude Van Damme, que se bajó del proyecto), el dream team del cine de súper acción de los últimos años.
Sly cree en los símbolos, y decidió despedirse a lo grande de ese cine paquidérmico, la mayoría de las veces tosco y definitivamente oxidado, con estrellas dialogando con él durante décadas en alguna húmeda selva, o sobre el ring de incontables sudorosos estadios, o en decenas de persecuciones a velocidades imposibles. Ese es el cine en que cree, sin sutilezas, con triviales líneas de diálogo, imprescindibles pausas entre el estruendo de los motores y las explosiones. En suma, la testosterona desatada.
Los indestructibles trabaja exclusivamente en el terreno de las buddy movies, esos films sobre la camaradería viríl. En este caso, un grupo de mercenarios de buen corazón contratados para terminar con el reinado de un ex agente de la CIA en un país del Tercer Mundo, que se pasó de rosca con el tráfico de drogas y al que hay que eliminar para que la agencia no quede mal parada. Algo así como la versión clase de B de Apocalypsis Now. Lo que sigue es la misión, claro, una excusa para mostrar a los muchachos en operaciones y desgranar un pasado en común plagado de violencia y sinsabores.
Si el contrato con el espectador funciona, es decir, si está dispuesto a ver una carnicería con las reglas de antaño y la ausencia de corrección política, la película de Stallone es disfrutable y noble, porque cree en su discurso y no pide disculpas por la historia que la precede.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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