Compartir

El progreso de Brasil en los últimos años -índices de crecimiento sostenido, 30 millones de personas que abandonaron la pobreza- desató en todo el mundo el interés por el proceso que llevó al país a convertirse en la séptima potencia mundial. Y naturalmente, esa fascinación se trasladó a Luiz Inácio Lula da Silva, el principal artífice del milagro.
Claro, la vida del ex líder sindical que llegó a la presidencia del país vecino parece diseñada para el cine, en tanto presenta las características de una épica personal que se enlaza con el destino nacional de manera casi perfecta.
Fábio Barreto entendió que el film debía cubrir cada una de las estaciones del martirio del brasileño más famoso -el “líder político más influyente del mundo”, según la revista Time-, de tal manera que la epopeya no dejara lugar a dudas.
Así, buena parte de los 128 minutos del relato son ocupados para mostrar con un didactismo irritante la infancia miserable en Pernambuco, con un padre alcohólico y golpeador, el penoso traslado a San Paulo, las muertes, y recién ahí la posibilidad que tuvo Lula (a cargo de Rui Ricardo Diaz, que no logra insuflarle potencia al personaje) de convertirse en tornero, después la conciencia de clase, y el largo camino hasta la presidencia.
No es que el actual presidente no haya pasado por lo que pasó, el problema de la película es cómo se presenta: un envoltorio caro pero pobre en la puesta, que trabaja sobre los códigos de la telenovela, un formato que los brasileños dominan a la perfección pero que, trasladado al cine, le quita toda la potencia de una vida que es realmente de película.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

Compartir

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here