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En el comienzo el relato ubica a Jack (George Clooney) en Suecia, donde ejecuta sin piedad a tres personas, un derroche, una anomalía que certifica que algo salió mal. Enseguida, el killer se traslada a la campiña italiana, un respiro soleado antes del próximo trabajo.
Como un profesional que domina todo el espectro de su oficio, Jack construye por encargo un arma para Mathilde (Thekla Reuten), un misterioso contacto. Mientras tanto, comienza una amistad con Benedetto (Paolo Bonacelli), el sacerdote del pueblo, y se enamora de la bellísima Clara (Violante Placido).
Aunque con algunas concesiones a la narración más mainstream, El ocaso de un asesino es una película rara, que trabaja sobre el noir desde una concepción independiente, en la que el nudo dramático pasa por la introspección del protagonista, un asesino profesional a punto de cumplir con un último contrato antes de retirarse.
Y buena parte de la “anomalía” del film descansa sobre Clooney que, bien lejos de cualquier tipo de glamour hollywoodense -y aun más del estilo Cary Grant, con quien se lo compara cíclicamente-, compone a un personaje reconcentrado, con una economía de movimientos que dan cuenta de la batalla interior por salir de ese mundo oscuro, y a la vez está preparado siempre para lo peor.
El holandés Anton Corbijn, director de la extraordinaria Control -sobre Ian Curtis, el fundador de Joy Division- y responsable de varios videoclips notables de grupos como Depeche Mode, Nirvana, U2, Nick Cave y Metallica, se aleja de la exuberancia del mundo del rock y se arriesga por una puesta seca, aun en los paisajes de postal de la zona montañosa de Abruzo y del guión de Rowan Joffe (Exterminio 2) y de la convención narrativa que hace que el protagonista se enamore de una prostituta y entable relación con un sacerdote que, siguiendo con los tópicos gastados, vendría a ser algo así como la voz de la conciencia de Jack.
Con varios puntos en común con la volada El último samurai de Jim Jarmusch, El ocaso de un asesino bien podría ser un western aggiornado, pero la diferencia es que se asienta sobre las estilizadas reglas del cine negro y así se convierte en casi un estudio sobre las contradicciones de un artesano de la muerte. Y para eso explora un costado poco transitado del gran Clooney, un intérprete con recursos sutiles infinitos, que cada tanto está dispuesto a desmarcarse de los papeles de galán encantador.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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