Al principio, un texto en la pantalla revela que el barrio Charlestown, en Boston, es el territorio donde tienen su base de operaciones las numerosas bandas que asaltan bancos en la ciudad.
Esta introducción supone que durante las próximas dos horas se verán planes maestros, eficaces ejecuciones y el después de una serie de golpes a cargo de los profesionales del crimen. Mientras la película comienza a desandar el relato, se puede especular que habrá un romance y que, como es usual, las cosas saldrán mal.
Pues bien, todas estas suposiciones son más o menos ciertas, y contado así se parece a las decenas de títulos que año a año fatigan la cartelera. Sin embargo, Atracción peligrosa es todo eso pero bastante más.
Doug MacRay (Ben Affleck) fue un prometedor jugador de hóckey sobre hielo que por problemas de conducta nunca llegó a nada. En el presente, lidera una eficaz banda especializada en el robo de bancos junto a su lugarteniente James Coughlin (Jeremy Renner, Vivir al límite). En uno de los asaltos, el grupo se ve obligado a tomar como rehén a la gerente de la entidad, Claire Keesey (Rebecca Hall), a la que dejan libre cuando logran escapar del cerrojo policial.
Mientras la división creada para proteger el sistema bancario comienza a sospechar que la ex rehén fue cómplice del golpe, los ladrones deciden que hay que mantenerla vigilada porque creen que puede identificarlos. Allí va MacRay, a tenerla controlada y claro, a enamorarse inevitablemente.
La segunda película como director de Ben Affleck, luego del oscuro drama Desapareció una noche (2007), toma muchos tópicos del género, pero presenta algo así como la “inevitabilidad social”, es decir, nadie puede escapar del entorno, en este caso el distrito de Charlestown, que tiene una larga historia de generaciones dedicadas al delito.
Así, la oscura visión de la película de Affleck da como resultado un interesante mix existencial que incluye la tragedia de la determinación que da lugar de origen, al estilo de Río místico (dirigida por Clint Eastwood), junto a la adrenalina fatal de desvalijar un banco a punta de pistola, como en Enemigos públicos (del director Michael Mann).
Después de todo, el honor de estos irlandeses, un poco locos y bastante nobles, se asienta sin ninguna insospechada pretensión intelectual, en la citadísima y siempre vigente máxima de Bertolt Brecht: “Mejor que fundar un banco es robarlo.”

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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