Desde que en 1992 presentó El Mariachi, que rápidamente se convirtió en objeto de culto, Robert Rodriguez viene construyendo una personalísima visión de la violenta frontera que separa a los Estados Unidos de México.
El díptico Grindhouse junto a Quentin Tarantino, Érase una vez en México, Del crepúsculo al amanecer, Desesperado -con “desviaciones” como Miniespías y Las aventuras del niño tiburón y la niña de fuego- son películas que recurren al western, al terror y al gore (mutilaciones, vísceras al aire, etcétera), pero todas tienen sus altas dosis de asesinos, narcotraficantes, mujeres letales, armas sofisticadas, potentes autos y el orgullo latino insertado en el riñón de Hollywood.
Si todos estos films forzaban el verosímil al máximo, Machete es el disparate mayor, al que además, y dentro del imaginario del director mexicano, se le agrega la denuncia obvia, pero denuncia al fin, de la cuestión de la inmigración.
Y ahí va Machete, repleta de estrellas en franca decadencia o en su mejor momento, un team que va desde Jessica Alba y Michelle Rodriguez, pasando por Robert De Niro y Steven Seagal, hasta Lindsay Lohan y Don Johnson, todos felices de poder participar.
Por supuesto, en la enumeración de figuras falta el gran Danny Trejo, eterno segundón de innumerables producciones de bajo presupuesto, encarnando su primer protagónico como Machete Cortes, un ex agente federal mexicano al que le asesinan su esposa y que busca justicia y venganza enfrentándose a un cártel de narcos y a un senador ultramontano (De Niro), que busca su reelección proponiendo que los Estados Unidos construya un muro electrificado para detener la inmigración desde México.
Lo que sigue es una trama sencilla, la exploración concienzuda de las posibilidades de todo tipo de armas cortantes en el cuerpo humano y una batalla antológica, donde se enfrenta una guardia paramilitar gringa a un ejército de vendedores de tacos, cortadores de pasto y albañiles mexicanos, casi una actualización de la famosa batalla de El Paso, aunque aquí con los latinos como ganadores. Y claro, las chicas, que inevitablemente caen a los pies del musculoso, tatuado, parco y letal protagonista.
Machete cumple con lo que promete, un homenaje al cine clase b de los años setenta, que como plus, también habla del racismo y la intolerancia de un país poderoso ante otro que lo provee de mano de obra barata.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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