Uno. Además de ser un mujeriego compulsivo, Jamie Randall (Jake Gyllenhaal) es un vendedor nato que trabaja en un negocio de electrodomésticos hasta que lo echan e ingresa a trabajar al laboratorio Pfizer, el gigante farmacéutico que en 1996, el año, que está ambientada la película, pelea en inferioridad de condiciones el mercado de los antidepresivos con Zoloft, frente al más popular Prozac. La balanza comercial se equilibra cuando Pfizer pone en el mercado el viagra, las famosas pastillitas azules que actúan sobre la impotencia y que desde esa época se venden como pan caliente. De amor y otras adicciones pone en foco las miserias de la industria farmacéutica a través del protagonista, convertido en visitador médico. Un negocio que incluye la despiadada lucha por imponer productos a los médicos que aceptan sobornos por recetar medicamentos de determinadas marcas, y a los consumidores, rehenes indefensos frente a un sistema dominado por las corporaciones.

DOS. Maggie Murdock (Anne Hathaway) trabaja como camarera y además, todos los meses lleva a un grupo de enfermos a comprar medicamentos a Canadá, donde los remedios son infinitamente más baratos que en los Estados Unidos. Maggie tiene 26 años, antes fue fotógrafa hasta que se lo impidió el prematuro mal de Parkinson que padece. Es decir, tiene los días contados antes de que la enfermedad haga lo suyo en su cuerpo y en su cerebro. Entre la depresión y las ganas de vivir una vida normal, conoce a Jamie, un chanta egocéntrico, ambicioso y misógino, que sin embargo muestra alguna humanidad. La atracción sexual es fulminante, el amor también, a pesar de que la relación tiene fecha de vencimiento por la devastadora enfermedad de ella. De amor y otras adicciones es un melodramón difícil de digerir, que en su vulgar dramatismo acentúa una y otra vez el tópico de que el amor siempre triunfa.

TRES. Todo esto es De amor…, una ácida visión del negocio de la salud desde el mismo riñón de Hollywood y a la vez, una comedia romántica que explota el avance de una enfermedad devastadora sin ningún prurito. El film de Edward Zwick -un artesano capaz de abordar proyectos bien disímiles como Desafío, Diamante de sangre, El último samurai, Leyendas de pasión-, es una coctelera emocional con varios cambios de registro que por momentos desconcierta, pero que al final arroja un balance favorable, más allá de una historia de amor marcada por la tragedia y los golpes bajos.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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