Desde hace varias décadas, el western tiene fecha de vencimiento. Sin embargo, la muerte anunciada se va postergando a medida de que aparecen películas que demuestran que el género todavía no está agotado. Sólo por nombrar algunos títulos más o menos recientes, allí están Los imperdonables, Silverado o El tren de las 3:10 a Yuma, que conservaban y resignifican la épica del Far West.
Ahora bien, si la original Temple de acero (1969, dirigida por Henry Hathaway, que le valió un Oscar a John Wayne encabezando un elenco en el que estaban unos muy jóvenes Robert Duvall y Dennis Hopper), se inscribe dentro de los llamados western otoñales -una variante que en general desprecian los fanáticos del género en tanto lo muestra anacrónico y lo despide frente al avance de la modernidad-, la película es una obra menor dentro de la filmografía de Hathaway y del propio Wayne, por lo que en principio no existiría razón para una remake.
Pero a pesar de la aprensión previa, Temple de acero es una gran película. El relato de una niña que contrata al comisario Reuben J. “Rooster” Cogburn para que detenga al asesino de su padre, le sirve a los Coen para hacer una revisión del género. Actualizarlo y a la vez mantener el respeto por la historia que los precede.
Porque Cogburn parece hecho a medida de los creadores de personajes como Anton Chigurh (Sin lugar para los débiles), The Dude (El gran Lebowski), o Tom Reagan (De paseo por la muerte), todos ellos en los márgenes del sistema y con un particular sentido de la justicia. Jeff Bridges se calza las botas de John Wayne, nada menos, y realiza una soberbia interpretación del comisario borracho que conoció mejores épocas, pero que a pesar del alcohol y la soledad conserva intacta su dureza.
Y en el camino hacia el territorio indio donde se refugia el asesino Tom Chaney (Josh Brolin), se delinean perfectamente una serie de personajes deliciosos, como el ranger texano LaBoeuf (Matt Damon), un poco torpe y sin demasiadas luces, o la niña Mattie Ross (Hailee Steinfeld), la voz del relato. Todos con sus momentos gloriosos, sin la menor sombra de cinismo a la que son abonados los Coen, que por si fuera poco, se permiten una antológica escena que por si sola justifica toda la película, donde Cogburn-Bridges se enfrenta, Winchester en una mano y el Colt de cinco tiros en la otra, contra cuatro forajidos.
En definitiva, en pleno siglo XXI, Temple de acero se convierte en un clásico instantáneo que no desentona con la rica historia del western.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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