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En los mares que bañan la costa de Irlanda, un pescador solitario levanta su red y además de una magra carga de peces, sobre la cubierta del barco, descarga a una hermosa mujer. La primera escena ubica rápidamente al relato en la fuerte tradición celta sobre cuentos de hadas, en lo fantástico, un género en el que el director Neil Jordan (El juego de las lágrimas, Entrevista con el vampiro) incursionó en varias oportunidades.
Entonces, siempre en un tono melancólico y romántico bajo el cielo permanentemente gris, la película va desgranando la historia que gira en torno a Syracuse (Colin Farrell) un pescador sin suerte, ex alcohólico empujado por la necesidad de cuidar a Annie (Alison Barry), su hija, que necesita un transplante de riñón. El mundo de Syracuse se completa con su ex esposa que va derecho al precipicio por la bebida y muy poco más. Ondine (Alicja Bachleda, esposa en la vida real de Farrel) irrumpe en la vida del protagonista y la tristeza infinita que arrastra empieza a ceder ante la aparición de la mujer, que principalmente para su hija y poco a poco para él mismo, es una sirena cargada de buenas noticias -más peces, la posibilidad de una cura-, aun cuando en torno a Ondine se presiente una tragedia que poco tiene que ver con lo mágico.
Los cielos cargados, el misterio que rodea a la chica, el mar como un protagonista más, el amor de pocas palabras, van conformando una historia interesante, que se sostiene balanceando numerosos enigmas. Sin embargo, el clima, los silencios, el buen trabajo de Farrell y Bachleda, es decir, todo lo construido meticulosamente durante buena parte del film, se pierden abruptamente en los últimos minutos, con la irrupción de una serie de respuestas a todos los interrogantes, como si de repente, el director hubiera perdido toda la fe en la capacidad de los espectadores de completar los misterios que rodean al relato.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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