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Pocas veces en los últimos años la percepción de la crítica especializada y del público coincidió de manera unánime en el entusiasmo que despertó Fase 7 en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata del año pasado, donde la película se presentó en la Competencia Internacional. La ópera prima de Nicolás Goldbart -montajista de Los paranoicos, Sofacama, El bonaerense y Mundo grúa, entre otros títulos- rompe la (falsa) dicotomía del llamado nuevo cine argentino vs el viejo, con una película de género divertida, personal y llena de gozosa cinefilia.
El relato tiene como claro disparador la reciente Gripe A, que en el film se convierte en un virus mortal y apocalíptico que está terminando con la vida del planeta. La pandemia llega a Buenos Aires en el momento que Coco (Daniel Hendler) y Pipi (Jazmín Stuart), están esperando a su primer hijo en su flamante departamento de un edificio porteño cualquiera, que de pronto es puesto en cuarentena por las autoridades sanitarias.
Un poco irresponsables, un poco metidos en su mundo de pareja de clase media, Coco y Pipi empiezan a notar con alarma que algo no anda nada bien y que sobre todo, los que hasta ese momento eran los anónimos y amables vecinos, como el viejito Zanutto (un brillante Federico Luppi, bien lejos de cualquier otro papel de su carrera) y Horacio (Yayo, un hallazgo para el cine tanto como Daniel Aráoz en El hombre de al lado), se convierten en despiadados depredadores, puro darwinismo social en progreso, capaces de volarle la cabeza a sus compañeros de consorcio por el contenido de una heladera.
Así, mientras la parejita hace lo posible por acomodarse a la nueva situación, las lealtades y alianzas transitorias se van acomodando al compás de la desconfianza, el surgimiento de insospechados y feroces líderes que se abren paso en la maraña de rumores, trampas y emboscadas, a puro escopetazo y miembros cercenados en un edificio convertido en una trampa mortal.
Con la obra de John Carpenter como horizonte, Fase 7 va sumando capas de géneros como el terror, la comedia, el western, el gore y la ciencia ficción, maneja con soltura un abanico de climas que van desde la paranoia pura, pasando por la violencia extrema, hasta el humor negro. Y en su aparente liviandad, sin una pizca de solemnidad, se permite un discurso político para reflexionar sobre la soledad, el aislamiento y la falta de solidaridad.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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