Un hombre corre, anda en bicicleta, salta, trepa, nada. Tiene una vitalidad que parece no saber de límites. Respira vida casi de manera obscena. El hombre es un individualista a ultranza, un adicto a la adrenalina, que como cualquier otra adición, le exige desafíos cada vez más arriesgados: recorrer una distancia en el menor tiempo posible, saltar al vacío sin saber qué hay abajo, escalar grietas eternas en un cañón solitario.
El hombre es Aron Ralston, que un sábado salió de excursión solo, sin avisar a nadie donde iba y, en un momento del paseo extremo, quedó atrapado durante cinco días en una fisura en el Cañón Blue John del Estado de Utah, con una mano aplastada por una roca que lo enfrentó al dilema de morir o mutilar su cuerpo para poder salir de la trampa mortal que le deparó el destino. Y su propia soberbia.
La historia real se traslada al relato de Danny Boyle, y Ralston es James Franco, que se carga el relato al hombro en un tour de force a la manera de Ryan Reynolds en la reciente Enterrado, Colin Farrell en Enlace mortal, pero sobre todo como el trabajo de Tom Hank en Náufrago, la película con la que dialoga 127 horas.
Boyle es un realizador sobrevalorado que a golpes de efecto y por qué negarlo, una buena dosis de ingenio, logró recorrer un exitoso camino en el cine, desde la sorprendente Trainspotting, pasando por la apocalíptica Exterminio, hasta la miserable ¿Quién quiere ser millonario?
Con su última película parece encontrar un punto intermedio a partir de los recursos de la puesta en escena, empezando por la camarita que carga el protagonista, lo que le permite documentar la odisea, mostrar su legado a familiares y amigos, los momentos oníricos producto de la deshidratación, el juego de una supuesta audiencia de un improbable talk show, y claro, dejar su marca a través de los habituales recursos estéticos que maneja desde siempre. El director británico recurre a la pantalla dividida, a los colores saturados, y al sonido que irrumpe para arrancar una sonrisa o para acentuar un momento dramático, a lo que se suma como siempre el cuerpo como campo de batalla, aquí de una odisea solitaria en donde fluidos, dolor y frío conviven con la tragedia, el enojo, la redención, el coraje y la determinación.
Efectiva en su desvergonzada manipulación del espectador, 127 horas es una película menor que logra ciertos momentos de cine. Lo demás es puro golpe de efecto.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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