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Hay una idea instalada en el cine estadounidense, y por cierto también en la literatura de ese país -como ejemplos ahí están las obras de Raymond Carver o John Cheever, entre muchos otros-, de que los suburbios son prácticamente el infierno sobre la Tierra. En lo que al cine se refiere, de los últimos años el film modélico sobre esta percepción vendría a ser Belleza americana (Sam Mendez, 1999), una película sobrevalorada pero inteligente en cuanto a su capacidad de plasmar paso a paso, y con todos los tips de lo que se supone que es el cine independiente, las miserias de la clase media. Ahora bien, Aprender a vivir aborda sin reservas este tópico, si se quiere, pero con algunas vueltas de tuerca que la hacen interesante.
En principio, la película comienza con una voz (de la radio) que informa sobre las características de la enfermedad de Lyme, una infección que transmiten las garrapatas y que produce síntomas de otras enfermedades, desde la fatiga hasta la esclerosis múltiple. Este mal de perfil camaleónico -de ahí Lymelife, el título original- puntea la historia como una analogía de los conflictos que van apareciendo a medida que se desarrolla el relato, sobre dos familias en descomposición unidas por una tragedia que avanza de manera inexorable.
Por un lado está Scott (Rory Culkin), un adolescente tironeado por la sobreprotección de su madre católica (la excelente Jill Hennessy), el ideal de hombría que impone su padre (Alec Baldwin) y un hermano que se fue al ejército para escapar de ese hogar que esconde unos cuantos secretos. Por el otro, cerca, demasiado cerca, están los Bragg, con el padre que se derrumba minuto a minuto por la misteriosa enfermedad (Timothy Hutton), su esposa (Cynthia Nixon) que mantiene a la familia y su hija (Emma Roberts), amiga de Scott, que poco a poco, y mientras se ultiman los detalles del rito de pasaje al mundo adulto que significa la ceremonia de la confirmación católica, va descubriendo un mundo de hipocresías, verdades a medias, que casi lo van transformando en la versión actualizada y ciertamente más light del Holden Caulfield de El cazador oculto de J. D. Salinger. Y que hay que decirlo, la película no se priva de incluir en una escena.
Buenas actuaciones, una puesta con pocas locaciones, lo que acentúa el carácter asfixiante de esa comunidad alejada de la ciudad y una justa dosis de humor que afloja el agobio, en una ópera prima calculada pero honesta.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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