Barney no fue nunca feliz. No fue feliz en su juventud bohemia en la Italia de los ’70 cuando era inseparable con un grupo de amigos con los que compartía casi todo: alcohol, drogas y hasta la que iba a ser su esposa por apenas un día. Porque el mismo día que se casa, su flamante mujer pierde al bebé que estaba esperando, Barney comprueba que no era suyo, la abandona en el hospital y ella se suicida.
Después, tampoco fue feliz en Canadá, donde ya instalado como un exitoso productor -en un trabajo que detesta-, se casa nuevamente, esta vez con una buena y superficial chica judía -a la que llegará a detestar-, pero en la fiesta conoce a la mujer de su vida, a la que va a perseguir hasta conquistarla y compartir con ella el resto de su vida. Pero tampoco es feliz.
La vida según Barney toma al personaje en sus últimos años y, a través de flashbacks, reconstruye su existencia en el mundo adulto como una sucesión de actos egoístas que lo llevan en la vejez a la soledad, la autoconmiseración y una enfermedad terrible y devastadora, que poco a poco lo va despojando de los recuerdos.
Ahora bien, más allá de la extraordinaria composición que realiza Paul Giamatti del protagonista, acompañado por un buen elenco en donde sobresalen Rosamund Pike como la mujer que lo va a acompañar hasta el final y el sorprendentemente medido y convincente Dustin Hoffman como un duro mujeriego y ex policía, padre de Barney, el principal problema de la película es su velado conservadurismo al encuadrarse dentro del tipo de relatos que bien podrían considerarse “justicieros”, esto es, aquellos que luego de mostrar las miserias del personaje, -que aquí incluyen la muerte dudosa de un amigo, el alcoholismo y el desinterés por los seres queridos-, lo condena hacia el final con desenlace desolador como una forma de castigo.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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