Según parece, el ser humano utiliza apenas el 10% del cerebro, y si bien hay estudios que demuestran que no es tan así -el 90% restante se utilizaría en distintas funciones-, Sin límites se asienta en la historia de un protagonista que tiene la posibilidad de contar con toda su capacidad cerebral gracias a una droga, lo que lo convierte casi en un superhombre.
Eddie Morra (Bradley Cooper) lucha contra un bloqueo que le impide concretar una novela. Deprimido y sin ideas, sobrevive gracias a su novia editora, que finalmente lo abandona. En ese momento sin esperanza, se encuentra con su ex cuñado, un dealer en ascenso que le ofrece una pastilla de NZT, una droga aún en etapa de experimentación, que le permite utilizar todo su potencial, tanto que lo saca de su apatía y en sólo cuatro días termina su libro.
La pastillita milagrosa hace que Eddie agudice su sinapsis hasta límites insospechados y por supuesto, se pone ambicioso. Tiene un plan para salir de la miseria a través de la Bolsa y claro, necesita más NZT.
Sus hazañas en la especulación financiera despiertan la curiosidad Carl Von Loon (Robert De Niro), un magnate que lo contrata para que trabaje con él. Ahí comienza el ascenso del protagonista, en un giro del relato que deja de lado parcialmente los beneficios y contraindicaciones de la sustancia para concentrarse en el thriller puro y duro, un territorio donde el director Neil Burger, con buen timing para el suspenso, se siente cómodo (como ya lo demostró en El ilusionista), a lo que se suma el carisma de Cooper, más la aparición un tanto rutinaria de De Niro, que disimula algunas inconsistencias del relato. Todos estos elementos hacen de Sin límites un producto hollywoodense digno.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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