Primero fue un francés, Orélie Antoine de Tounens, que con apenas 33 años y sin antecedente alguno en la realeza, en 1861 se autoproclamó “Rey de la Patagonia y la Araucanía”, con el aval de asambleas populares de las tribus del sur del país. Decenas de años después, Juan Fresán (padre de Rodrigo, el escritor y periodista) decidió hacer una película sobre el personaje, La nueva Francia, que nunca llegó a terminar por falta de recursos. Más adelante fue Carlos Sorín, que trabajó en el proyecto original, quien rodó y estrenó La película del rey. Y al final (¿final?) está Lucas Turturro, un director de cine que recibió el legado -un puñado de latas con el material filmado por Fresán- y decidió realizar Un rey para la Patagonia, un documental sobre la película que no fue, sobre un artista inclasificable que vivió el exilio y murió en la pobreza, y claro, sobre el rey que fue, pero por muy poco, y que también murió en la miseria.
La película establece casi un estudio sobre el tiempo, o si se quiere, un juego intelectual donde la línea del tiempo se quiebra varias veces por la intervención de la épica, la tenacidad, la soledad, la locura y el ridículo. Para esto recurre a las imágenes filmadas por Fresán, testimonios de sus amigos como Rodolfo Terragno y Daniel Divinsky, reflexiones a cargo del sociólogo Christian Ferrer -responsable del guión de Un rey… junto con Turturro-, el off del relato a cargo de Miguel Dedovich, el protagonista del film de Carlos Sorín, y una desopilante entrevista hecha en los ’70 por Tomás Eloy Martínez a un descendiente del Tounens.
Todo esto da como resultado una película fascinante, donde el juego de espejos marca la puesta de un documental inteligente, moderno, lleno de recursos, que da cuenta de un mundo, varios en realidad, que atraviesan la historia (chica) argentina.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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