La obra del director surcoreano Lee Chang-dong es conocida en la Argentina por el reducido público que pudo ver algunas de sus películas en sucesivas ediciones del Bafici (Green Fish, Peppermint Candy, Oasis, Secret Sunshine) y ahora, por esos raros milagros de la distribución, se estrena Poesía para el alma, lo que constituye todo un acontecimiento dentro de la cada vez más reducida oferta en la cartelera local dominada por el paquidérmico cine estadounidense.
En su última producción, Lee aborda la vida de Mija (la extraordinaria Jeong-Hee yun) una mujer de 66 años que con su nieto Wook apenas subsiste cuidando a un hombre mayor que ella que arrastra una apoplejía. Los días se suceden en la dura realidad pero la protagonista tiene un intenso mundo interior y decide escapar de la rutina para asistir a un curso de poesía en un centro cultural barrial, hasta que imprevistamente la tragedia irrumpe con la noticia de que Wook forma parte de un grupo de adolescentes que violó durante meses a una chica que terminó suicidándose.
Como un delicado y devastador puzzle, la puesta de Lee va edificando el melodrama con las piezas en descomposición de una sociedad hipócrita y autoritaria, donde el dinero juega un rol definitivo -al igual que en el resto de sus películas que exploran el ingreso de Corea al capitalismo más salvaje-, incluso parece ser la solución para ocultar un crimen. Así, se asiste a la reunión de los padres ocupados en preservar el futuro de los perpetradores, pasando por instituciones como la escuela que no quiere que el hecho trascienda, la policía que mira para otro lado, hasta el periodismo, que primero investiga y después termina siendo garante de un acuerdo nauseabundo.
Y en el medio está Mija, que oscila entre el estupor por la conducta de su nieto -devastadora escena cuando la abuela recorre el lugar donde ocurrió la violación-, el deseo incubado durante décadas, a partir del comentario de un maestro de la niñez, de ser capaz de escribir una poesía, y el Alzheimer, que empieza a minar su memoria.
Sin dejar de marcar de manera implacable cada una de las pústulas de un cuerpo social fétido, el humanismo indestructible del realizador reserva la posibilidad de la piedad para todas sus criaturas y se eleva aun más con una dolorosa belleza para dejar testimonio del poder del arte, la poesía, para superar lo que es insuperable.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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