Resulta curiosa una película como Un zoológico en casa, debido a los riesgos que toma y a la multiplicidad de tonos y géneros que aborda en sus dos horas. En principio, parece un film para chicos con una familia de protagonista y una importante fauna como soporte argumental pero, debido a sus bienvenidas intenciones, la trama va más allá de un producto Disney o de una comedia pasatista donde  los humanos hablan con los animales, y también de un producto concebido por un Steven Spielberg adictivo a los momentos lacrimógenos con mayor o menor fundamento.
Tal vez esto ocurre porque Cameron Crowe es el que está detrás de las cámaras, el mismo que hiciera Jerry Maguire y Vida de solteros, pero también la autocelebratoria Casi famosos, que hacía anclaje en el mundo del rock desde la óptica de un joven periodista, profesión que el director conoce al detalle por haber trabajado en la revista Rolling Stone. Dentro de esos códigos que ubican al realizador en una zona difusa del mainstream, la historia de Un zoológico en casa era digna de temer: un padre que enviudó hace meses (Matt Damon), junto a su hijo adolescente y su hija de siete años, decide mudarse a un lugar que viene acompañado de un zoológico… donde aún no hay jirafas.  De ahí en más este particular clan se cruzará con los cuidadores del zoo (allí aparece Scarlett Johansson, que parece estar de visita turística durante la película), cuestión que llevará a que todos, unidos por la causa, se enfrenten con el inspector de turno que debe habilitar el lugar destinado a hacer felices a grandes y chicos.
La película está basada en una historia real, la de Benjamin Mee, un inglés con su propio zoológico en el patio trasero de su casa, que aún está a cargo del predio junto a sus hijos. Se desconoce si Mee vio las películas de Frank Capra, por ejemplo el clásico ¡Qué bello es vivir! (1950), pero Crowe en más de una oportunidad se ha confesado admirador de aquel mundo  edificante que fluctúa entre el voraz optimismo y una solapada negrura. Dentro de esa extraña cruza transcurre el film donde la viudez del protagonista, el costado oscuro de su hijo y la intención por recomponer a esta particular familia conviven con personajes que sonríen a pesar de los problemas, discutibles momentos donde el relato descansa en una atmósfera new age y un guión que hace hincapié en frases inteligentes y simpáticas de la pequeña hija del atribulado Mee.
Pero Crowe, si se pasa por alto algún toquecito lacrimógeno y la invasiva banda de sonido de Jönsi, sabe cómo navegar en aguas tumultuosas. Para hacerlo de la mejor manera contó con un todo terreno como Matt Damon y un grupo de animales que en algunas escenas interactúan con placer con la familia Mee y los cuidadores del zoológico. Si hasta da la impresión de que también ellos van a sonreír a  cámara.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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