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Como ocurriera en Operación monumento (2014), dirigida y protagonizada por George Clooney, el segundo largo de Simon Curtis también refiere al nazismo pero desde una óptica diferente, más relacionada al mundo artístico que al conflicto bélico. En efecto, si aquel discreto film reunía a un pelotón de soldados listos por recuperar pinturas hurtadas por los nazis, La dama de oro repara en un hecho real, aquel que tuvo como protagonista a María Altmann (Helen Mirren) dispuesta a enjuiciar al gobierno austríaco y así recuperar las obras robadas a su familia durante la Segunda Guerra. “Parece una trama de una película de James Bond con Sean Connery”, dice María Altmann en una definición casi perfecta para una película, que amenaza mucho más de aquello que concreta en cuanto a su sistema narrativo y cruces genéricos.
El director Curtis, por un lado, no escamotea cierto costado prestigioso del argumento, ya que la obra hurtada refiere a Gustav Klimt, en tanto, el abogado de la protagonista se llama Randy Schoenberg (Ryan Reynolds), nieto del fundador de la música dodecafónica, Arnold Schönberg. En contraste a estas referencias exquisitas, la película propone un relato que acumula tonos y variables genéricas (comedia, drama, cine bélico) aunado a un ida y vuelta entre el pasado (con los nazis de protagonistas) y el presente (con los austríacos que niegan la devolución de la obra). Además, la historia suma algunos textos bien escritos para el lucimiento actoral y la repercusión inmediata en el espectador, sumada a la reconstrucción de época y al transparente humor muy al estilo británico que invade más de una escena.
Sin embargo, cierta pereza del director, o en todo caso, la imposibilidad por ir más allá de lo que se establece en el guión no permite que la película levante demasiado vuelo. Pero Simon Curtis parece ser un tipo con suerte, ya que en su ópera prima, Mi semana con Marilyn (2011) contó con el apabullante protagónico de Michelle Williams, en tanto en La dama de oro, la performance de la gran Helen Mirren por momentos disimula el carácter híbrido e inestable de la historia. Sin ambas, las películas serían (casi) olvidables.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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