La legendaria nave de carga Nostromo que investigaba una señal de socorro de una colonia ubicada en un planetoide desolado, los túneles cavernosos diseñados por el artista plástico Hans Rudolf Giger, la baba asquerosa impregnándolo todo, los rostros de los cadáveres en una última mueca de terror, los huevos humeantes a punto de vomitar sus crías letales, y sí, el bip-bip de los aparatos que registraban una presencia que no debería estar allí pero estaba y que de pronto se descolgaba de un techo o salía del piso para almorzar con su formidable doble mandíbula a los pobres infelices de turno –que hay que decirlo, tampoco debían estar allí– mantener alguno vivo en función incubadora y claro, combatir y a la vez coquetear con la sensual Ripley, en bombacha y  dispuesta a arruinarle el banquete.
Desde sus comienzos en 1979, la saga de Alien sentó las bases de un universo terrorífico plagado de criaturas perfectas, bellamente siniestras en su cometido de masacrar a todos los seres humanos que tuvieran a mano e intentando llegar a la Tierra para continuar la tarea a gran escala. El responsable fue Ridley Scott, un director que recibió el encargo de Alien – El octavo pasajero, que tres años después hizo nada menos que Blade Runner (1982) y abandonó la ciencia ficción. Hasta ahora.
El origen del depredador perfecto –cuerpo casi blindado, sangre ácida– siempre fue un enigma y Prometeo viene a ser el comienzo de una respuesta que aunque Ridley Scott afirmó una y otra vez que no se trata de una precuela, seguramente se extenderá por un par de películas más hasta enlazar, cronológicamente hablando, con el primer título de la saga.
Unos cuantos años ante de que el bicho hiciera su aparición triunfal desde el vientre del oficial Kane en El octavo pasajero, la nave de exploración Prometeo llega a un planeta con un grupo de científicos comandados por doctora Shaw (la sueca Noomi Rapace, bien lejos de la Lisbeth Salander que compuso para la saga Millennium), en busca de los orígenes de la humanidad. Shaw cree que unos seres de una civilización infinitamente avanzada, “Los ingenieros”, fueron los creadores de los seres humanos, mientras como en un mantra circular, allí está la poderosa corporación con sus ocultos intereses que financia el viaje representada por la fría Meredith (Charlize Theron) y el inquietante androide David (Michael Fassbender, el crítico de cine de Bastardos sin gloria) y los tripulantes que acompañan de mala gana por apenas un sueldo.
El grupo descubre a una criatura gigantesca, uno de los ingenieros –que remite al traje espacial fosilizado con un agujero en el pecho que encontrarán en el futuro la expedición del Nostromo–y luego se topan, por así decirlo, con otra de las creaciones genéticas de estos seres, infinitamente más letales y que por lo visto, tampoco respetan a sus creadores.
Con una fuerte línea argumental que apunta al pecado de la manipulación y la soberbia sobre los que juegan a ser Dios, Prometeo sienta dignamente las bases de la precuela y como todo buen adelanto, incita la curiosidad del espectador sobre qué pasará en las siguientes entregas. Nada mal para una saga que en poco más de 30 años parecía que había dado todo de sí.  <

PROMETEO
(Prometheus. Estados Unidos, 2012, 124’)
Dirección: Ridley Scott.
Con Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Guy Pearce.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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