Al contrario, la cámara sigue a Sosa en su pensión, hablando con una vecina y su pequeña hija, yendo a su lugar de trabajo y practicando boxeo en un gimnasio, acaso su escape frente a la soledad que lo identifica frente a los otros. Un cuadro que representa un malón actúa como interrogante del personaje. En ese retrato hay movimiento, energía, nervio, frente a la aparente pasividad de Sosa, sólo disimulada en sus ejercicios boxísticos. En el bar, otros solitarios se reúnen para recordar viejas épocas y para expresar las frases de manual del peronismo histórico.
Sosa los observa pero jamás participa de esas añoranzas, su tiempo es el presente, el meditabundo, el silencioso, el que busca una razón de ser para su rutina. Malón, subrepticiamente, es una película política que jamás enfatiza su tono, ocultándose en ese pudoroso contraste entre el personaje central que sólo observa y quienes lo rodean en el bar recordando la historia del país a través de las victorias y derrotas del peronismo. Pero Sosa tomará una decisión y con su bolsito de gimnasio al hombro, concurrirá a una marcha de la militancia de estos días. Seguirá sin decir una palabra rodeado de la multitud, pero está allí mirando, descubriendo un lugar de pertenencia. Al llegar al bar se establecerá un mínimo diálogo con su empleador, una de las voces eufóricas del bar, que lee el diario y le pregunta cómo anduvo la marcha. Sosa le dirá que estuvo muy bien, en tanto el otro reparará en su rutina de añoranza sobre la vieja política.
Película de contrastes, con un excelente trabajo de sonido, a Malón se la puede definir como un acabado ejemplo de cine minimalista político. De la política de estos días. <

MALÓN
(Argentina, 2010, 78’)
Dirección: Fabián Fattore. Con: Darío Levín. Lorena Vega, Roberto Iriarte, Fernando Crespi, Luis Juárez.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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