Sentado en una de las terrazas del imponente hotel María Cristina donde se aloja de en una de sus 136 habitaciones estilo Belle Epoque, Carlos Sorín se muestra nervioso aunque aclara que “menos” que en las otras cuatro oportunidades que estuvo en el Festival de San Sebastián, donde compite por la Concha de Oro con su último film, Días de pesca, protagonizado por Alejandro Awada y Victoria Almeida.

Y si bien en Donostia juega casi de local, teniendo en cuenta que se alzó con el Premio Especial del Jurado en 2002 con Historias mínimas y en 2008 con El camino de San Diego, la ansiedad del realizador se intensifica cuando repasa junto a este cronista la lista de directores que van por el premio mayor de la Competencia Oficial, con nombres como Fernando Trueba (El artista y la modelo), François Ozon (Dans la Maison), Costa-Gavras (Le Capital) y Lasse Hallström (Hypnotisören), entre los más conocidos para el público argentino.

“Más allá del nerviosismo lógico se que mi película no está adscripta a una temática muy local, si funciona, funciona en todas partes”, analiza el director de El perro.

La película que se presentó ayer en la sala principal del Kursaal, la sede del festival, tiene como protagonista a Marco (Awada), un viajante de comercio ex alcohólico, que como parte de su tratamiento le sugieren que elija un hobby y él se decide por la pesca. Luego se verá la intención de atrapar a un tiburón en Puerto Deseado se relaciona con el hecho de que allí vive Ana (Victoria Almeida), que no ve hace años.

El relato tiene fuerte carga pesimista.
–Es una película más dramática, yo siempre fui escéptico y pesimista pero es cierto que esta vez lo disimulé menos. Yo no hago comedias en el sentido tradicional, no buscan provocar la la risa, el humor sale de la mirada, si sale. En este caso se ve que la proximidad del final hacen que las cosas se vean de vean de una manera más dramática.

También es notable el sentido del paso del tiempo ¿eso fue deliberado?
–Empezó quizás con La ventana, que fue el producto de la muerte de mi padre, porque de alguna manera tenía que afrontar el tema de su final. Evidentemente ante esos temas el humor es limitado y si bien con Días de pesca traté de sostener un cierto humor, el drama es muy fuerte.

¿Por qué el alcoholismo es la columna dramática de la película?
–El alcohol es la droga, cualquier adicción da lo mismo, hasta la adicción de los workaholic y es porque me conmueve y me siento solidario con los esfuerzos que trata de hacer un ex drogadicto por recuperarse, por volver a empezar, aunque para mí son batallas perdidas porque las drogas producen unos daños en la personalidad, en las relaciones, que son muy difíciles de reconstruir. De todas maneras tratar de salir ya tiene un valor incalculable al margen de que lo logre o no. No los juzgo por resultados sino por intención.

Dentro de su obra Días de pesca es tal vez su film más lacónico.
–Si y me propuse ser muy avaro con la información, quise dejar que en función de su experiencia personal y de su sensibilidad, el espectador complete lo que no se dice. Eso por un lado, por el otro, evité cualquier tipo de recurso técnico sofisticado, me limité para hacer una narración lo más ascética y escueta posible porque en este momento de mi vida sostengo que la ausencia de recursos da la posibilidad de una puesta interna y trabajar en otras zonas. En general rechazo lo cinematográfico, si la poética sale y la narración es eficaz es por los hechos que se cuentan.

¿Qué vio en Alejandro Awada para elegirlo para ese personaje semi derrotado y en busca de los afectos?
–Bueno, con el protagonista no podía joder, tenía que ser un buen actor y mi hijo, que es el músico de mis películas, me hizo recordar a Awada y a los 15 minutos estaba hablando con él y estoy muy satisfecho con su trabajo. Y a Victoria Almeida la descubrí por internet, una foto en donde le vi un gesto que que muestra una especie de agresión, de poder hacer sentir culpa y me dije, ‘es ella’.

Esta película es su regreso al Sur, un protagonista más de muchas de sus historias.
–Si, pero esta historia tuvo varios nombres y versiones. Fue Piriápolis y transcurría ahí y en Buenos Aires, después pasó a ser La pesca de tiburones en los mares del sur, después iba a ser en Concordia, Entre Ríos, hasta llegar a Puerto Deseado. En el Sur me siento bien y me encanta ese paisaje vacío, ríspido, que que no es amable.

El factor Carver
“Me gusta el escritor norteamericano Raymond Carver porque él como autor desaparece, se ven los hechos, pero no se ve cómo los narra. Y en general yo procuro hacer un cine así, donde lo cinematográfico desaparezca, con la menor cantidad de recursos expresivos lograr lo máximo. La influencia de Carver me ha marcado mucho, en su obra de casi todos los personajes son alcohólicos porque él fue uno de ellos y a través de la literatura pudo reivindicarse.
¿Trató de adaptar alguno de sus cuentos?
–Lo intenté dos veces pero me cobraban 150 mil dólares y yo con eso casi hago una película. En principio quería comprar Leña, que es un cuento que está incluido en un libro que se llama Catedral, que es sobre un ex adicto que sale de un centro de recuperación como el que compone Awada, y va a parar a un lugar a donde lo alojan dos ancianos, allí se pone a cortar leña y cuando la ve apilada siente que hizo algo. Es muy conmovedor y lo que creo es que el esfuerzo vale la pena, porque el gran problema es cómo una adicción es como afecta la autovaloración, uno no es nada, porque uno es lo que hace. El otro cuento es La casa de Chef, también con un ex alcohólico al que le prestan una casa en un lugar muy idílico y desde ahí llama a su ex mujer que todavía lo quiere, para que pase una temporada con él Y uno sabe que va a ser una primavera que va a terminar y efectivamente devuelve la casa y todo se termina.

Los mundos sutiles: Alejandro Awada
“Carlos es un cineasta que admiro profundamente. Trabajamos mucho de los mundos internos y de todo lo que se expresa no verbalmente, también hablamos de los universos que crea Chéjov (Antón) y me recomendó leer a Raymond Carver, que me impactó cómo capta en un instante una totalidad” dice Alejando Awada, mucho más tranquilo que Sorín y agrega, “entendí que la narrativa de Carlos transita esos lugares y me puse enteramente a su disposición, porque tengo ganas de transitar esos mundos sutiles y narrar en cada una de las experiencias sencillamente lo que hay que narrar, ni más ni menos”.

Publicada originalmente en el diario Tiempo Argentino.

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