Siguen y siguen llegando películas sobre el mundo de los cocineros, prácticamente ya son un subgénero y todo hace suponer que se seguirán produciendo en tanto la alta cuisine siga siendo una obsesión para millones de personas. Ahora bien, hay diferencias entre el descarado oportunismo de El chef con Jean Reno revoleando cuchillos y la incursión cuasi independiente en el tema de Jon Favreau que en Chef, la receta de la felicidad se despachó con una simpática comedia dramática y ni hablar del rigor de un documental como El Bulli: Cooking in Progress. Esta introducción es para dar cuenta que la relativamente la moda tiene un amplio espectro, tanto, que hasta abarca la animación de Ratatouille o incluso un híbrido como Una buena receta, algo así como vida y obra de Adam (Bradley Cooper), una estrella del mundillo de las hornallas que debido a los excesos tiró su carrera a la basura .
John Wells (Agosto, The Company Men) construye un relato con los mismos elementos que se aplican a biopics sobre estrellas de rock, boxeadores o tiburones de Wall Street, pero omite la parte del reviente, es decir, Adam de drogó, se acostó con demasiadas chicas y se jugó todo en París -dónde sino en La Meca de los cocineros- y ahora, limpito y con hambre de gloria, pelea por volver a las grandes ligas para ganar su tercera estrella de la Guía Michelin, la cucarda que ambicionan todos los cocineros de alta gama.
Esta apuesta de manual en donde, cómo no, hay un regodeo sobre platos exquisitos y desplantes de Adam en tanto genio que no tolera la mediocridad de sus pares, se agota rápidamente y entonces se bifurca en varias subtramas que van desde los demonios que arrastra desde la infancia –por ahí anda Emma Thompson como psicoanalista cancherísima–, una historia de amor con Helene (Sienna Miller bastante desaprovechada), narcos franceses que reclaman una deuda, una compañera de las viejas buenas épocas, y claro, el pasado que va a volver para cobrarse todas las agachadas, traiciones y malas prácticas.
El resultado es una película que concentra sus esfuerzos en retratar a un personaje complejo, pero ese perfil nunca termina de completarse y entonces, el relato termina siendo una acumulación de situaciones y acciones sin un hilo conductor definido. Eso sí, casi todo pasa en una cocina.

Publicada originalmente en Tiempo Argentino

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