Cáncer de Máquina”, que se estrena hoy en el porteño Cine Gaumont, se mete en la vida que rodea a las salinas cercanas al poblado bonaerense de Médanos, con testimonios de trabajadores y habitantes de la zona, que se suman a imágenes impactantes y una banda de sonido basada en el ambiente del lugar.

Los directores Alejandro Cohen Arazi y José Binetti se adentraron en cuatro oportunidades en ese mundo blanco y alcalino a 700 kilómetros al sur de la Ciudad de Buenos Aires, donde vive un puñado de personas, cuya villa fue mermando a lo largo de los años y que interactúa a cuenta gotas con el poblado vecino.

Durante la hora y media del filme, Arazi y Binetti proyectan el yugo de los camioneros por rescatar algo de dinero para, al menos, recuperar el 50 por ciento del valor de sus camiones, percudidos y comidos en sus metales por la erosión del agua salada que explotan dos empresas de carácter nacional.

Además, la cámara toma el aislamiento en el que se desarrollan los habitantes de la región junto a sus hijos, quienes van a una muy poco concurrida escuela del lugar y cuyos padres expresan la necesidad por sociabilizar con otros niños de su edad.

Sin embargo, en contrapunto a lo que parecerían ciertas penurias, algunos de los entrevistados dejan en claro que allí quieren vivir y que cada vez que van a las ciudades o a los pueblos a hacer compras son pocos los minutos que quieren quedarse, disfrutando de la soledad y el silencio que otorga la naturaleza.

Cohen Arazi y Binetti decidieron plantarse en estas salinas y, con sus lentes, hacer hincapié en lo que el paisaje les ofrecía, consiguiendo bellas imágenes de los camiones trabajando, de las nubes bailando en el cielo y planos detalle de los insectos que se mueven entre el salitre.

Las entrevistas, en cambio, se alejan en su mayor parte del tradicional formato documental, mostrando en pocas oportunidades a los reporteados hablando a la cámara, sino que, por el contrario, los relatos acompañan la imagen, ya sea mientras se los ve en el trabajo como cuando los ojos de los directores se posan en el campo bonaerense.

La música, una cruza entre “Weolcome to The Machine” de Pink Floyd y algunas piezas de Radiohead, viaja desde la psicodelia hacia el rock de guitarras, instrumentos que se agregaron a los sonidos tomados por los micrófonos en el lugar del rodaje, en busca de que el audio sea lo más directo y natural posible.

“Tuvimos la suerte de contar con el aporte de Hernán Marrufo en los vientos. La idea para la banda sonora surgió de los sonidos propios del lugar. La mayoría de los sonidos son tomas directas de maquinas y ambientes de la salina”, dijo Cohen Arazi en una entrevista con Télam.

Las referencias estéticas, cubren un arco que va “del documentalista Frederick Wiseman, el método libre de Fernando Birri, la relación imagen-sonido de Jorge Prelorán, la obra pictórica de Edward Hopper, el rock stoner, y José Larralde, entre varios otros”.

Publicado originalmente en Télam

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