En una Roma muy contemporánea, se reúne para una cena frecuente cinco amigos de la infancia: una pareja de hermanos, con su respectiva mujer y su respectivo marido, además del solterón que nunca falta en estos casos.

Partiendo del nombre elegido por los padres que con que bautizaran a un niño muy próximo a nacer, se generalizara una discusión que ira mostrando los perfiles de cada uno de los comensales.

El nombre de cuentas es Benito, al que sus futuros tíos, marxistas declarados, se oponen ferozmente por la obvia connotación a Mussolini, a lo que al futuro padre un yuppie algo demodé, le importa muy poco. Descubriremos tras largas discusiones que el apellido que llevará el niño, corresponde a un abuelo que fue un conocido y rico intelectual de izquierda.

figlioEn la discusión donde se esgrimen hasta el hartazgo las razones de los porqués a favor y en contra, la directora aprovecha para citar un infinito, obvio y superficial rosario de intelectuales y artistas que van desde Melanie Klein a Herman Melville, justamente por su novela Benito Cereno, también se citaran personajes como el antropólogo Lévi-Strauss, el filósofo Immanuel Kant o Bernardo Bertolucci, con la familiaridad del vecino de la vuelta o el kiosquero de la esquina.

La historia que se desarrolla fundamentalmente en el departamento de esos tíos marxistas, decorado y amueblado como todas las casas de los intelectuales de izquierda, al parecer de todo el mundo. Cuadros, esculturas y obviamente una gigantesca biblioteca omnipresente.

La discusión a partir del nombre del futuro niño, derivan hacia cuestiones más personales.

De la conversación de los comensales emergerán con fuerza viejas deudas, reclamos, reproches hasta que se llega a descubrir un muy íntimo y secreto que atañe a todos, pero fundamentalmente a señora madre de la pareja de hermanos.

Apenas comenzamos a transitar el film tendremos un prosaico déjà vu, provocado por la reiterada tendencia del cine italiano en vincular intelectuales de izquierda con familia de la alta burguesía, también explotada por nuestro querido Woody Allen.

En una atmósfera cerrada, muy teatral, que no llega a ser agobiante, la narración debe sostenerse por las actuaciones y los parlamentos que en ningún momento llegan a permear al sentimiento del espectador.

Los nutridos diálogos de ramplonería apabullante y en algunos casos amaneradamente eruditos, carecen de la picardía y la inteligencia que semejante reto demanda, lo que nos invitan a fugarnos de la trama y detenernos a curiosear la biblioteca que se exhiben como mero “decorado” en infinitos estantes con reminiscencias de laberintos borgeanos.

Lo dicho, una muestra más de la decadencia del cine italiano, que intenta con fuegos artificiales convocar los grandes Dioses que en él reinaron, pero ya lamentablemente, muy lamentablemente, para todos han muerto, como dijo alguien lo demás es silencio.



Il nome del figlio. Italia, 2015.
Dirección: Francesca Archibugi. Elenco: Micaela Ramazzotti, Valeria Golino, Alessandro Gassman, Luigi Lo Cascio y Rocco Papaleo. Guión: Francesca Archibugi y Franceso Piccolo, sobre la obra Le prénom, de Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière. Fotografía: Fabio Cianchetti. Música: Battista Lena. Duración: 93 minutos. 

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