El realizador Miguel Kohan recorre distintos vértices de la infancia y de la actividad del psiquiatra y psicoanalista suizo-argentino Enrique Pichon Riviere en El francesito (aquí la crítica), un documental que se estrena en el BAMA , y que revela aspectos poco conocidos de la vida del fundador de la psicología social.

Psiquiatra que alteró los conceptos y la práctica manicomial en la Argentina, creador de la teoría del grupo operativo, introductor del psicoanálisis en el país y fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), Pichon Riviere nació en Ginebra en 1907, se trasladó con sus padres y hermanos a Buenos Aires en 1910 y rápidamente se afincó en el Chaco santafesino, donde su padre intentó montar una finca productora de algodón y donde entabló un fuerte contacto con la cultura guaraní, al punto de asegurar que este idioma era su segunda lengua, luego del francés y antes que el castellano.

Su hijo Joaquín Pichon Riviere, el escritor Vicente Zito Lema, el terapeuta Alfredo Moffatt, su última mujer Ana Quiroga, el cineasta Juan José Stagnaro, el artista plástico Guyla Kosice, el historiador Horacio Carbone y un audio con la misma voz de Pichon, son algunas de las personas y momentos que iluminan distintas facetas de un personaje cautivante, que fue amigo de Jacques Lacan, crítico de arte y sonámbulo crónico.

“De algún modo, Pichon Riviere significó en mi vida la oportunidad de hacer cine porque fue un proyecto de documental sobre él lo que me permitió acceder en 1989 a un máster en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), y enfilar mi profesión en esta dirección después de haberme graduado y estar trabajando como médico y psiquiatra”, cuenta Kohan en charla con Télam sobre el origen de esta película que, dice, “es como cerrar un círculo”.

Director anteriormente de Café de los maestros, producida por Gustavo Santaolalla y centrada en emblemáticas figuras del tango, Kohan cuenta que lo cautivó el personaje de Pichon, “lleno de contrastes interesantes”.

“Me cautivó mucho su infancia y adolescencia en el Chaco santafesino y la provincia de Corrientes, la manera cómo se involucró en el contacto que tuvo con el guaraní. Pensá que con tres años vuela directo de Ginebra al Chaco santafesino, y venía de una familia francesa que profesaba una serie de ideas de vanguardia y revolucionarias, con un padre amante de la poesía de Rimbaud”, cuenta Kohan.

“Antes de empezar la película tenía, como creo que tenemos casi todos, una idea más urbana de Pichon y cuando encontré todo ese mundo guaraní decidí ir a visitarlo y ahondar en eso no para hacer una rastreo topográfico de los lugares donde él estuvo sino para contagiarme con esas atmósferas y poder dialogar con ese imaginario de Pichón desde ahí”, agrega Kohan.

El realizador señala que Pichon decía que le gustaba sostener la mirada del puma y que para él “es lo que le permitió poder mirar la locura a los ojos”.

“Los bagajes de la selva -agrega- lo dotaron de una serie de recursos para utilizar en la psiquiatría, empezando porque en la cultura guaraní el loco no es segregado sino que se lo toma como una manera de estar en el mundo, y creo que esto lo incorpora Pichon en su infancia y lo transporta al mundo urbano de la medicina psiquiátrica”.

“El se convirtió a mediados de siglo pasado en una especie de David Cooper (médico británico conocido como el padre de la antipsiquiatría), él hablaba de antipsiquiatría en esa época y construía acciones y dispositivos para desbaratar los sistemas de represión de la psiquiatría, de hecho lo echan del Borda por armar un equipo de fútbol de internos”, detalla Kohan.

La importancia de la cultura guaraní en su cosmovisión es tal que en un registro sonoro del filme, el mismo Pichon asegura que se trata de su “segunda lengua” y habla de la fuerte vinculación que establece con ese mundo y ese paisaje en la infancia y que sostiene a lo largo de su vida.

Kohan destaca también que una de las particularidades de Pichon Riviere es que no dejó mucho texto escrito, que no tuvo una enseñanza de tipo académica sino que “transmitió su saber desde la clínica” influyendo en varias generaciones del psicoanálisis argentino.

“Yo tampoco quise hacer un documental biográfico ni academicista, me interesaba poder encontrarme con Pichon desde la atmósfera de esos paisajes y territorios infantiles y adolescentes y por eso el viaje que realizo y la presencia de las imágenes de la selva presentes en la película”, destaca el realizador.

“Creo que Pichon era sobre todo un agitador cultural, se involucró a nivel social de una manera muy honda en una época y un contexto en el que estar loco o psicótico era sinónimo de estar preso y donde los manicomios eran lo más parecido a las cárceles”, concluye el realizador.

Publicado originalmente en Télam

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