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"Gulliver", de María Alché.

Cortópolis, el festival de cortometrajes de la ciudad de Córdoba, cumplió este año diez ediciones. Indudablemente es un festival pequeño pero que resalta por la dedicación y entusiasmo de sus organizadores: el Colectivo Cortópolis que con Lucrecia Mattarazzo, Cecilia Oliveras y Agustín Premat a la cabeza conforman un grupo de gente (no me gusta la palabra equipo, suena a deportivo y demasiado políticamente actual) apasionada por lo que hace pivoteando entre la selección del material y la cuidada organización del evento.

Organizado por el mencionado Colectivo más la Subsecretaria de Cultura de la Universidad Nacional de Córdoba, se desarrolló entre el 19 y el 22 de octubre en una asombrosamente destemplada y fría ciudad en las salas del Cineclub Municipal Hugo del Carril y en el Cineclub La quimera entre otros; estos dos espacios son templos para la cinefilia no sólo cordobesa sino nacional. Ejemplos de gestiones culturales hechas con altura, con pasión y con responsabilidad social. Los cortos que se mostraron en el festival fueron 22 de distintos países latinoamericanos.

diamanteDiamante mandarín,  de Juan Martín Hsu

MA·MIKAMPA de Miriam Lizette Velázquez Ochoa, Manuel Alejandro Rosas Zepeda de México; HOMBRE ELÉCTRICO de Álvaro  Muñoz  Rodríguez; PIES SECOS de Joaquín Baus Auil ambos de Chile y ALBA – EL AYER PERTENECE A LOS MUERTOS de Nicolás Olivera, en este caso colombiano. De Argentina participaron EL INFIERNO DE BEATRIZ de Marcos Migliavacca; EL INCONVENIENTE de Adriana Yurcovich; LA HIGUERITA del cordobés Manuel Palomeque y de Misiones NO HAY BESTIAS de Agustina San Martín, entre otros.

Destacaron con fuerza algunos cortos que irrumpieron con vigor, haciendo de la técnica del cortometraje un verdadero hallazgo con su capacidad de síntesis, su intensidad a la hora de contar una historia y con la dosificación necesaria de la información a lo largo de la cortedad del tiempo disponible.

CARTA 12, PRAGA de Vera Czemerinski, es un corto-ensayo que mistura con inteligencia y sensibilidad la relación inevitable no sólo entre el cine –como registro de imágenes- y la literatura, sino entre la voz y la imagen, entre los vaivenes de esos paisajes y la belleza de una voz sensible. También resultó interesante DIAMANTE MANDARÍN de Juan Martín Hsu, quien logra con pocas pinceladas hacer el retrato asfixiante de la crisis padecida en el país en el 2001. El tiempo pasa (y en el manejo de la temporalidad el corto es magistral) y el miedo se acrecienta en el seno de una familia china que debe cerrar y encerrarse no sólo en el espacio del supermercado sino en sus interiores, complejos y sutiles. ESTA ES MI SELVA llega desde Carhué en la provincia de Buenos Aires de la mano de Santiago Reale; este corto vuelve a mostrar aquella inundación que hizo desaparecer un pueblo bajo un manto de agua y sensaciones encontradas. El paisaje pos apocalíptico, con esos árboles moribundos y secos, esos despojos de aquello que ha sido, esos cementerios ocasionales y permanentes a la vez y en el medio dos chicos recorren la zona en sus bicicletas; rastreo de un paisaje y de una forma de vida, el prefacio de una historia que, nunca, tuvo su reparación.

Las películas premiadas fueron GULLIVER de María Alché, un gran corto que apuesta al poder la ficción y del cine en toda su intensidad. Una madre que mira películas, unos hermanos que viven una historia increíble y un padre ausente son los habitantes de este espacio repleto de puertas y aberturas que destila libertad creativa, sensibilidad y que evidencia el nacimiento de una directora con una mirada particular, moderna y libre sobre los materiales con los que trabaja. MERODEO del cordobés Fernando Restelli, sorprende por la agudeza de su mirada. En este caso también estamos presenciando a un gran director que puede trabajar sin pudor sobre las instituciones, la policial y el estado y a la vez la pregunta que invade el corto es sobre la ontología de las imágenes documentales, sobre cómo contar la actualidad, sobre cómo hacerse cargo del presente, de la cotidianeidad ésta que es tan compleja y tan sensible a la vez. El cuerpo de Restelli es el campo de batalla donde el corto hace su propio espacio, recorta sus límites difusos y a la vez extiende sus interrogantes. Sin duda, un gran pequeño corto.

merodeoMerodeo, de Fernando Restelli

También fue premiada la más que interesante LOS MESES de María Laura Pintor, un corto que se inscribe en la tradición de aquello que suele denominarse experimental y que en el caso de Pintor demuestra un increíble manejo de las estrategias del montaje y del sonido como material narrativo. La experimentación y la sensibilidad son, sin dudas, los ejes sobre los que Pintor arma su relato.

Un párrafo especial merece ASÍ ME DUERMO del cordobés Mariano Luque, que en cinco minutos (tal vez esa sea su falla, la extrema cortedad) cuenta el sueño de una mujer, mientras imágenes que captan la rugosidad, la textura, la fragilidad se suceden en el camino que va del sueño a la vigilia. La voz de la mujer se hace susurro, letanía y transita su camino onírico. Luque logra en sus escasísimos cinco minutos captar la belleza del mundo con elegancia y sensibilidad.

Las siempre presentes comunidades indígenas fueron también protagonistas de varios cortos, mientras también se hizo visible la vida cotidiana con sus incidentes y sus problemáticas relacionadas con la falta de afecto y las tecnologías, la infancia y sus paraísos perdidos, la memoria individual y colectiva, la familia como núcleo conflictivo entre otros temas surcaron los variados cortometrajes presentados.

Cortópolis fue una edición más que interesante que vuelve a reafirmar la idea (que ya dejó de ser una hipótesis) acerca de que Córdoba es, desde hace un tiempo, un foco neurálgico que irradia cine, que destila amor por las discusiones interesantes y mucha pasión por las imágenes. Ojalá que este festival de cortos tenga larga vida.

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