La segunda película de Barry Jenkins después de Medicine for Melancholy abre la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata. Moonlight es un relato de iniciación que, a la manera de una novela, está narrada en tres capítulos que cubren la infancia, la adolescencia y la juventud de un joven negro.

La primera parte relata la niñez de Chiron, apodado “pequeño”. Su madre, una negra drogadicta descuida al niño que, desde chico ya se muestra débil, silencioso, permeable a las desgracias y a las angustias del mundo contemporáneo. El niño se va de su casa y es recogido por Juan, el traficante del lugar que lo cuida y lo ampara, tal vez porque en el fondo le devuelve una imagen de si mismo. En la segunda parte, “Chiron”, ese niño ha crecido y tiene un nombre, no ya un apodo, y se revela su homosexualidad en potencia, sin dejar de ser un hombre que duda, que piensa, que se debate. Juan ha muerto, pero su novia es su segunda madre que lo entiende y lo acompaña. Ya en la tercera parte, ese adolescente es un hombre un poco rudo en su masculinidad, ha trabajado su esmirriado cuerpo, se ha hecho cargo de su madre, ha asumido las responsabilidades pero no pudo escapar de ese ambiente, es también traficante. Los tres momentos son claves en la constitución de la subjetividad de un hombre asfixiado por el ambiente, por los malos tratos, por la violencia de una sociedad que no perdona, que castiga a los débiles, que deja cicatrices imposibles de curar en el rostro y en el alma de un joven afroamericano.

La película es en el fondo un melodrama, a veces demasiado remarcado pero tal vez estas indicaciones del director sean necesarias para él mismo, sin dudas se puede ver parte de la vida del realizador. Un historia de amor entre hombres, no hombres rudos sino hombres comunes, débiles que a veces la cámara acompaña con desenfoques conscientes. “Estas en el medio del mundo” le dice Juan al pequeño en algún momento de la película, y ese estar en el medio del mundo es absorberlo, palparlo, sentirlo tal como empieza a sentirlo Chiron; en el rostro cuando le hacen bullyng en la escuela, en las lágrimas que derrama constantemente, en las palmas de las manos que deja fuera del auto para sentir el viento fresco, en el agua del mar, en las raspaduras que deja en el cuerpo la arena mojada, la luz azul de la luna en la playa.

La cámara acompaña todo el tiempo a su protagonista de manera amorosa, poética. Las escenas en el mar, el baile, los colores pastel del interior de la casa de su protector revelan una puesta en escena cuidada y estética. Un elemento que importa y mucho es del orden de lo sonoro, los ruidos del mar, de la calle, del viento y la música acompañan de manera acorde el devenir de este joven, a veces pinceladas de Con animo de amar se asoman a Moonlight confirmando su origen melodramático tanto en el uso de la música como en el orden estético de algunos planos.

Emotiva, sensible, uno siente que forma parte de ese niño, de ese joven, se encarna en él, en sus desventuras, en sus silencios, en sus golpes. Tal vez este sea uno de los grandes logros de la película.

Moonlight relata la realidad sensible del mundo contemporáneo, desafía las reglas de la masculinidad, muestra retazos de cariño, trabaja con elipsis sutiles, escamotea información pero nunca abandona a su personaje, nunca lo deja a la deriva. A veces los melodramas son ficciones límite, que separan y unen a la vez mundos posibles e imposibles, esferas que ruedan pero que no se tocan. En este caso, la estructura melodramática es la ficción que Jenkins necesita para contar una historia sensible de la vida real.

Moonlight, de Barry Jenkins (Estados Unidos, 2016)

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