Un joven se hace agujeros en las palmas de sus manos, una cuasi crucifixión. Este es el comienzo del derrotero que emprenderá a lo largo de su territorio, la desértica frontera entre Chile y Bolivia llevando lo que él supone que es un mensaje de fe. Su destino es salvar a su amigo de la infancia de una especie de parálisis, ese amigo fue el que en el pasado pudo contactarse con Dios. En el camino se cruzará con historias de milagros que él cuenta y que le son contadas, como si él mismo fuera una especie de Sherezade que debe contar todo el tiempo historias de sanaciones, historias de fe, historias de resurrección. Una película llana, sin sobresaltos, tan débil en sus postulaciones como en su apuesta formal que es sucia, nublada, nada luminosa.

Este mensajero “divino” atraviesa el territorio en una road movie mística, descalzo para autoinflingirse supuestos sacrificios, haciendo imposición de manos, entrando y saliendo de grutas densas, oscuras. La idea de lo sacrificial recorre la película tornándola ideológicamente superflua, peligrosamente vacía. En el viaje de peregrinación se contacta con otros jóvenes que lo acompañan (a la manera de Apóstoles modernos), con viejos que lo desafían, con mujeres con las que tiene sexo. Lo terrenal no le es ajeno a este Cristo aggiornado que de tan ciego, se vuelve demasiado oscuro.

No queda claro si la película acepta a este joven en sus convicciones o lo tilda de farsante, si los milagros son mentira, si lo que realmente sucede es que es necesario que Jesús desaparezca para que el protagonista (o quien pueda) tape ese vacío, o si la fe es realmente uno de los modos en los que tapar, obturar las ausencias, los faltas. Tal vez, esta sea la mayor falla de una película que no confía en si misma, ni siquiera en su personaje, que lo deja a la deriva, sufriendo con los pies llagados de tanto andar.

 

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