La primera escena muestra cómo es violada una mujer, Diana (Carolina Dieckmann) en su casa. Enseguida, el horror del hecho se contrapone con la cotidianidad de los chicos que llegan al hogar después de la escuela junto con Mario (Leonardo Sbaraglia), su padre. Ella está como ausente, Mario la mira y sabe lo que pasó a pesar de que Diana no dijo una palabra de lo sucedido. Hay un flashback que da cuenta de que horas antes Mario había llegado a la casa, vio cómo dos hombres sometían a su mujer y no pudo intervenir. La cobardía de Mario se mezcla con su neurosis, un estado permanente de miedo que le impide subirse a un avión, nadar, a la velocidad, el miedo a una larga lista de cosas.

El film de Marco Dutra, basado en una novela homónima de Sergio Bizzio -responsable del guión junto a Lucía Puenzo y el brasileño Caetano Gotardo-, es un thriller de venganza pero también sobre una relación rota que intenta empezar de nuevo, una pareja que estuvo separada pero que vuelven a intentarlo una semana antes de que Diana fuera abusada. Entonces por un lado está Mario que intenta vencer sus fobias para descubrir a los culpables y completar su plan y por otro el ese matrimonio, una relación que parece que nunca estuvo bien del todo y que el relato va desgranando, principalmente a través de la voz interior de Mario -un off que por momentos es demasiado explícito, como si la puesta no confiara demasiado en su propia capacidad y la de los espectadores de descifrar el laberinto psicológico que atraviesa el protagonista-, y es entre esa dualidad de la propuesta navega Era el cielo, una historia tensa, llevada con buen pulso por el director, que se desdibuja cuando aborda el conflicto latente de un hombre con sus propios demonios y con su entono afectivo.

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