Manuela (Itsaso Arana) es la misma, con ese entusiasmo debordante que la hace contar qué fue de su vida, cómo recaló en Buenos Aires, cómo se rehizo y se hizo fan del Fernet, cómo garchó (así, bien en porteño) incansablemente, mientras Olmo (Francesco Carril) la escucha en silencio, desde su silla en un restaurant de Madrid, la ciudad de ambos que él nunca dejó. Se ven después de que fueran novios cuando tenían apenas 15 años y en definitiva el encuentro sirve para comprobar que él tampoco cambió pero sobre todo, que las cenizas de esa relación buscan apenas un soplido para avivarse y consumir tanta ausencia. O no, en una de esas es un cierre imprescindible para ambos.

El paso del tiempo entre dos treintañeros y apenas una noche de tragos, comida, una parada en el recital de un trovador alla Leonard Cohen -el padre de ella-, un baile liberador y el amanecer como límite para contarlo todo, chequear el stock de sensaciones y sentimientos para seguir, todo un universo que alcanzaría para una y varias películas más. Pero Jonás Trueba (Los exiliados románticos) es más ambicioso y desdobla el relato para contar el antes, esos inolvidables años de la primera adolescencia, para recordarles a los protagonistas (y mostrarnos a nosotros) quienes eran esos chicos que se decían y escribían cosas que ni por asomo se dicen ni escriben en la vida adulta.

Y hay una coda que tiene que ver con el regreso de Olmo a su casa, a donde lo espera su pareja, que quiere saber qué pasó y que escucha el relato de lo sucedido sin reproches, más bien con asombro -hay algo de estupor que remite al humor incómodo del Nuevo Cine Argentino, Martín Rejtman ponele-, que completa y bien el círculo.

Tierna, inteligente, tal vez un poco morosa, La reconquista es una de esas perlitas que en festivales gigantescos como el de Mar del Plata, la mayoría de las veces pasan injustamente desapercibidas.

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