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Desde su segundo anclaje en el mundo de los festivales y en la consideración del público, a propósito de Vincere (2009), el incansable e inquieto Marco Bellocchio (Piacenza, 1939), no deja de sorprender a propios y extraños.

Pero el elogio no refiere solo a lo prolífica de su obra –iniciada con la extraordinaria I pugni in tasca (1965)- sino que condice con la calidad de cada uno de sus films, encorsetados en sus tema de siempre: la asfixia y el peso de la familia, el contexto de una Italia cambiante, la religión como hipotética salvación y/o perdición del mundo, el psicoanálisis como emergente de las situaciones pero sin necesidad de caer en obviedades psicologistas.

Veterano hoy, iracundo joven de los 60 y 70 y desde hace algunos años revulsivo y eficaz vocero de aquellos temas de antaño pero observados desde una mirada sabia e intransferible, Bellocchio es uno de los cineastas vivos (junto a los hermanos Taviani y Ermanno Olmi, ya bordeando los 90), que rememoran una forma de hacer y pensar al cine ya perdida en el tiempo.

Una película como Dulces sueños, en ese sentido, puede llamar a engaño. Desde sus intenciones primigenias refiere al tema del Edipo pero sin la transpiración sexual entremezclada con el melodrama de La Luna de Bertolucci. Desde su demarcación contextual, Italia es diseccionada a través de dos épocas distintas: fines de los 60 y décadas más tarde, tomando como centro a Massimo (Valerio Mastandrea) personaje niño y personaje adulto, la relación con su madre (fallecida a los 38 años), las decisiones autoritarias de su padre, el poder acosador y engañoso de la religión, los leves matices que van conformando una personalidad particular.

Bellocchio se maneja a piacere desovillando una historia que va y viene en el tiempo, narrando con seguridad y eficacia, construyendo un relato con apuntes televisivos (programas con Raffaella Carrá, Gassman y Tognazzi) y referencias al cine (Nosferatu, entre otras). Pero el contexto resulta periférico y actúa solo como acompañante del personaje de Massimo, quien no solo descree de la muerte súbita de su madre. En realidad, Dulces sueños está pautada por la ausencia pero también por aquello que Bellocchio maneja con suma inteligencia: Massimo, pequeño y adulto, construye la imagen de su madre a través de otras mujeres. Allí estaría el terreno pantanoso al que Bellocchio obstruye con gran astucia: el tema del Edipo está presente en varias escenas pero al mismo tiempo se apela al melodrama como solución eficaz al conflicto antes que al paisaje que propondría una explicación procedente del psicoanálisis.

Lo mismo ocurría con La Luna de Bertolucci, más allá del afán por el escándalo que caracterizaba al cine del director de Último tango en París. Allí el melodrama operístico y el desenfreno sexual conformaban un coctel que aplastaba las disertaciones psicoanalíticas. En Dulces sueños, Bellocchio procesa su historia de manera similar, sin necesidad de recurrir al gesto provocador.

O sí. En una gran escena, el pequeño Massimo, quien hace caso omiso a la muerte de su mamá, se encuentra con un amigo que escucha un tema de Deep Purple a todo volumen. La habitación respectiva resulta acorde: posters, tocadiscos, vinilos. Hasta que llega la mamá del amigo de Massimo y ambos se ponen a jugar, se rozan, se tocan, se besan ante la mirada atónita del protagonista. Finalmente, la mamá (Valeria Bruni Tedeschi, quien solo aparece en esta escena) aparece recostada en un sillón exhibiendo sus piernas al chico y al espectador. El erotismo ganó la partida como también se confirma la victoria del cine de Marco Bellocchio, un realizador que debería señalar el camino a buena parte del cine que se hace en estos días.

DULCES SUEÑOS
Fai bei sogni. Italia, 2016. Dirección: Marco Bellocchio. Guión: Valia Santella, Edoardo Albinati y Marco Bellocchio, basado en la novela de Massimo Gramellini. Fotografía: Daniel Cirpì. Música: Carlo Crivelli. Edición: Francesca Calvelli. Intérpretes: Valerio Mastandrea, Bérénice Bejo, Fabrizio Gifuni, Guido Caprino, Linda Messerklinger, Ferdinando Vetere, Barbara Ronchi. Duración: 132 minutos.

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