Daniel Blake tiene 59 años, es viudo, está enfermo del corazón, apenas puede manejar un celular obsoleto, no tiene computadora y escribe con un lápiz de carpintero. Porque Daniel Blake es carpintero, eso lo define, sabe trabajar con las manos, no necesita decirlo pero cree en honrar la palabra empeñada. Se podría decir que DB es de otra época pero no, es de esta, no está muerto, está enfermo y hasta que el médico certifique que su vida no corre riesgo no puede trabajar. Así que mientras tanto no tiene ingresos, así que debe recurrir al Estado para que le den una pensión temporaria por incapacidad. Y si bien jamás pensó que iba a necesitarla sabe que es su derecho, el obstáculo es que sí, es esta época y aunque forma parte de ella, el presente lo va empujando hacia la periferia. Pero DB es testarudo y cree en sus propias fuerzas y sobre todo en su dignidad, así que emprende los trámites para conseguir la pensión pero del otro lado está el Estado, éste Estado, el de ahora, el del presente, que va a hacer todo lo posible para hastiarlo, doblegarlo, correrlo.

Con una carrera enfocada principalmente en retratar los conflictos sociales que trae aparejada la modernidad, Ken Loach (Riff-Raff, Tierra y libertad, KesAgenda secretaComo caídos del cielo) no duda en golpear debajo del cinturón cuando considera que su mirada no quedó del todo clara. Este enfoque hizo que con el correr de los años prácticamente se convirtiera en un lugar común criticarlo como un dinosaurio, empeñado en hacer siempre lo mismo con apenas algunas variantes y de esa polémica no está exceptuada Yo, Daniel Blake -Palma de Oro en Cannes 2016-, tildada como panfleto proletario y un poco más allá, como un relato que daba cuenta del agotamiento del director británico, un dinosaurio que ya no tenía nada que aportar.

Bueno, con 81 años, con su puesta clásica y bien cercana al cine documental -y a las problemáticas que aborda-, Loach sigue su camino y es implacable a la hora de contar la vida y la supervivencia de sus criaturas que representan a millones de personas que son desplazadas a la marginalidad. Héroe de la clase trabajadora, el protagonista (Dave Johns) lucha contra la burocracia, acusa el golpe de las injusticias pero pelea contra el sistema, se planta. Pero no es solo él sufre la miseria y el film se encarga de exponer una problemática que alcanza también a los jóvenes. Y entonces ahí está DB, que ayuda a una joven madre soltera (Hayley Squires) con dos hijos que tuvo que mudarse a 400 kilómetros de de su lugar por el alto precio de los alquileres, aporta su vida como ejemplo moral para su vecino, también muy joven, que vende zapatillas importadas de contrabando, se enoja con los servicios sociales y da cuenta del absurdo laberinto burocrático al que exponen diariamente a miles de desgraciados sin recursos.

Loach va recorriendo cada una de las estaciones del descenso hacia la pobreza y la marginalidad y efectivamente, no es para nada sutil a la hora de retratar la caída de DB y de su entorno, pero en du defensa, el hambre, los malos tratos, el frío, la indiferencia no son precisamente sutiles y el realizador parece estar convencido que solo la brutalidad del relato transmitirá la crudeza del universo que muestra la película.

Probablemente Ken Loach podría decir lo mismo desde otro lugar, sin efectismos ni remarcaciones, pero en conjunto Yo, Daniel Blake tiene la potencia noble y extraordinaria de un director queque supuestamente debería jubilarse y en cambio, confía en el camino elegido desde siempre.

YO, DANIEL BLAKE
I, Daniel Blake. Reino Unido/Francia/Bélgica, 2016.
Dirección: Ken Loach. Guión: Paul Laverty. Elenco: Dave Johns, Hayley Squires, Sharon Percy, Briana Shann, Dylan McKiernan, Natalie Ann Jamieson, Jane Birch, Stephen Clegg, Colin Coombs, Harriet Ghost. Producción: Rebecca O’Brien. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 100 minutos.

Compartir

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here