La temática de Entre mundos ya la hemos visto y leído varias veces en otras historias y narraciones; algunas son contemporáneas y otras son añejas pero se renuevan de en cada nuevo conflicto en el que una grieta se hace presente. El motivo literario es pequeño y poderoso: el amor prohibido.

El enunciador -y el enunciatario posible- ya lo saben y por ello Miya Hatav propone un pequeño desvío para hablar de ese motivo cuyo referente más poderoso sería Romeo y Julieta. Porque, claro está, lo prohibitivo del encuentro amoroso no siempre es esa brecha que se abre entre colectividades, comunidades, familias que trazan sus fronteras por ideales de orden económico, político y religioso. También existe el amor prohibido que mira desde lejos el mito de Tristán e Isolda, el amor vedado antes que nada por ser extramatrimonial, por no responder a la institución familiar, más allá de que posea componentes económicos, políticos y religiosos que se juegan en esa incompatibilidad amorosa. Entre mundos responde más bien a esa otra brecha de la herencia familiar que se puede complacer o bien, ignorar.

Bina y Meir, dos judíos ortodoxos radicados en Jerusalén, se enteran de que su hijo Yoel se encuentra internado a raíz de un atentado. El traslado a la clínica se da en simultáneo al de Amal, la pareja de Yoel de estos últimos dos años. Dado que Amal es de origen árabe, decide no confrontar con esa situación y pasa sus días en el hospital fingiendo ser la hija de otro paciente. Bina y Amal van entablando una cordial relación de entre pasillos con el fluir de los días, en tanto Yoel no logra salir de su estado de coma.

La metáfora del título es más que evidente, casi spoiler podríamos decir, en lo que a la historia refiere: la incompatibilidad de un amor entre el mundo árabe y judío que no se resuelve con la distancia familiar. Más interesante es el vínculo especular que Hatav logra establecer entre este motivo narrativo y su relato cinematográfico. ¿Cómo relatar esa historia harto conocida? Y este sería el desafío de la película.

De esta manera, lo más interesante radica en cómo contar más que en lo que se cuenta. Entre mundos estructura una narración también entre dos. Hay una prehistoria a la que accedemos parcialmente a través del discurso de los personajes, algunas pruebas que el padre de Yoel encuentra en su domicilio y unos efímeros flashbacks de la pareja. Esta prehistoria, que no forma parte del presente de la narración pero a la que se alude permanentemente, es el tiempo del amor falsamente libre y, por supuesto, prohibido. Hatav acertadamente decide no registrar ese momento ni tampoco el del atentado mismo. No le interesa porque no es relevante para el relato porque es la internación de Yoel la que abre el conflicto de esta historia; el film como un lugar de paso, una transición y un “entre” no resuelto. La película es el pasaje entre aquella prehistoria que mencionamos y una otra cosa, que hay que configurar pero que Hatav tampoco registrará. Entre mundos es efectivamente un relato entre lo que precede a toda historia y el destino incognosible. ¿Acaso le corresponde a Miya Hatav determinar cómo debe resolverse este desastre? Porque el film es ficcional pero nadie podría dudar que esta grieta signa indefectiblemente la vida de miles de personas reales. No tendría ningún sentido proponer un resoluciones, pero en la lógica del film, sí tiene sentido aprovechar ese pasaje entre dos cosas para reflexionar, evaluar y reubicar posiciones que la vida presente. Aunque el detonante tenga que ser la inminencia de la muerte.

ENTRE DOS MUNDOS
Between World
Entre mundos, Israel, 2016.
Dirección: Miya Hatav. Guión: Miya Hatav. Montaje: Nissim Massas. Fotografía: Rab Aviad. Intérpretes: Maya Gasner, Maria Zreik, Yoran Toledano, Toy Golan. Duración: 84 minutos.

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