Sergio “Cucho” Costantino es un realizador que ya hace algunos años se lo asocia a la realización de documentales que toman al rock como temática central; particularmente desde Buen día, día (2010), dedicado a la figura de Miguel Abuelo y de Imágenes paganas (2013), tomando como eje la de Federico Moura. A muchos críticos les gusta hablar del subgénero “rockumental”, que bien podría ser acertado pero ciertamente nada dice respecto de decisiones que, de manera ineludible, todo realizador debe tomar, y esto independientemente del motivo narrativo en cuestión.

Efectivamente, en términos generales, Costantino toma como tema central la música de rock nacional, pero en El club de los 50 gira hacia algunas decisiones sorpresivas. Mientras que sus documentales previos se interesa más por figuras emblemáticas, que bien podrían subir al podio de héroes del rock nacional, en esta nueva propuesta parece estar más centrado en la supervivencia de grandes figuras que caminan en los márgenes de las producciones musicales mainstream. Músicos de pura cepa, músicos que transitan el mismo camino hace décadas -ya sean épocas de vacas gordas o de las otras-, que juegan cada tanto en las grandes ligas pero que, tal como señala Norman Ramirez, dueño de Mamita Bar, “se cagan en el éxito”.

Willy Crook, Claudia Puyó, Gustavo “Vasco” Bazterrica, Ica Novo, Tito Losavio, Cuino Scornik hablan, cada uno desde la más absoluta intimidad, de uno de los oficios más antiguos del mundo. El otro ya se sabe. Los relatos de estos se intercalan con apariciones menores de otros personajes como Ricardo Maril -productor, arreglador-, Santiago Ruiz -manager- o Claudio Kleiman -músico periodista- entre otros.
De esta manera, El club de los 50, se va edificando gracias a la espontaneidad de cada una de estas apariciones, a su estructura narrativa laxa, entre ensayística y testimonial, que hace de este documental una rareza que vale la pena transitar, aún cuando al espectador no esté interesado en este estilo musical, porque la película habla más de estados y sensaciones personales que del rock producido en Argentina en estas últimas décadas. Omite, acertadamente, casi cualquier vestigio de archivo, no le interesa indagar en un pasado épico y loable sino más bien retratar “personas de la música” que sobreviven en esta coyuntura que les ha tocado en suerte.

El club de los 50, es un ensayo más que un documental porque lo que registra no está signado por la necesidad de “documentar”, dejar asentado, sino más bien de reflexionar libremente alrededor de una temática. Por ejemplo, para Claudia Puyó su experiencia en el mundo de la música “no es comparable siquiera con el amor de un hombre”, mientra que para Willy Crook, “el arte debería dejarte en la más completa zozobra”. Ideas, sensaciones, experiencias vinculadas con el hacer y el sentir de la música.

El relato parece acompañar algo del errático transitar de sus personajes, aunque dentro de ciertos parámetros reglados. Costantini elige una división en cinco capítulos cuyos títulos son fragmentos de “Himno de mi corazón”: Sobre la palma de mi lengua /La vida es un libro útil /Nadie quiere dormirse aquí/ Nada hay que nada prohíba/ Solo por amor yo canto. De alguna manera, encuentra un relato en esa subjetividad de la experiencia que se asemeja al azar. Hay allí un himno, cual manifiesto que aúna vidas y encuentra coincidencias. Y de esto trata en realidad este anti “rockumental” de Cucho Costantini.

EL CLUB DE LOS 50
El club de los 50, Argentina, 2016
Dirección y guión: Sergio Costantino. Músicos invitados: Willy Crook, Claudia Puyó, Gustavo “Vasco” Bazterrica, Ica Novo, Tito Losavio, Cuino Scornik. Montaje: Manuel García Tornadú. Fotografía: Matías Calzolari, Sergio Costantino. Duración: 78 minutos.

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