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El espacio en las películas es fundante, es uno de los ejes sobre los que se construyen los relatos audiovisuales. En este caso, Tigre retoma la idea de pensar el espacio como una unidad dramática, estética y narrativa. Justamente filmada en el delta del Tigre (como tantas otras en la filmografía argentina) la película transpira, como esos cuerpos sudantes, exotismo y algo de salvajismo.

El otro elemento importante en Tigre es el sonido. La insistencia sonora del medio ambiente, la de la respiración de esas mujeres, la de los gritos de los chicos se vuelve una masa ondulante que acecha e intimida.

En el comienzo, rostros de niños que reflejan claramente una clase social, algo –auditivo y de la espesura del paisaje- siempre acecha afuera, una casa semiabandonada en el medio de una isla, dos mujeres navegan rio adentro, adolescentes que flotan en un rio con demasiadas orillas.

Tigre cuenta una historia compleja, con demasiados ejes y quizá con demasiados personajes: una mujer que sufre porque están a punto de arrebatarle su casa, otra mujer que se deshace en la relación tensa con su hija adolescente; el despertar sexual de estos adolescentes, los misterios que se esconden en el centro de la isla, unos niños que crecen y en ese crecimiento sienten dolor y placer, la misteriosa relación entre el adentro de esa casa y el afuera selvático, entre otros temas. Tal vez el problema de la película radica en la multiplicidad de temas que desarrolla que a veces sigue y a veces olvida en el camino, que se pierden en ese espacio que de tan selvático se vuelve enmarañado.

Con aires de La ciénaga de Martel, Tigre reúne mujeres. Mujeres que transpiran, que mantienen confesiones nocturnas a la luz del alcohol, mujeres madres que tensionan las relaciones con sus hijos, que hablan de sexo. Cuando la película se ve invadida por la presencia masculina, se debilita. Ese hijo que vuelve para ayudar a solucionar el problema de la casa, enrarece el clima. Él es la razón, la fuerza, la civilización mientras que las mujeres son lo cotidiano, lo sentimental, casi lo bárbaro. El deseo sexual es el deseo de posesión y está presente en toda película, visto desde una mirada femenina. La posesión es lo que importa en Tigre: la posesión de la casa, de la isla, del saber, de los hijos, de las madres.

Sobre el final, Tigre se vuelve un poco explicita a contrapelo del tono “metafórico” de toda la película, sobre todo en ese baile liberador de las mujeres, donde se disfrazan de otras mujeres, como si fuera un juego infantil y a la vez redentor.

A pesar de su filiación demasiado explicita, de los muchos ejes que intenta desarrollar Tigre es una película más que interesante cuando desarrolla climas, cuando se instala y se apropia del espacio, cuando juega en los gestos de esas mujeres, cuando trabaja el sonido como un material más de la película.

TIGRE
Tigre. Argentina, 2017.
Dirección: Silvina Schnicer y Ulises Porra Guardiola. Intérpretes: Marilú Marini, María Ucedo, Agustín Rittano, Lorena Vega, Melina Toscano, Magalí Fernández, Tomás Raimondi y Ornella D’ Elía. Guión: Silvina Schnicer. Fotografía: Iván Gierasinchuk. Música: Cruclax y Santiago Palenque. Edición: Delfina Castagnino, Damián Tetelbaum y Ulises Porra Guardiola. Dirección de arte: Pablo Gabian y Ana Wahren. Sonido: Nahuel Palenque. Distribuidora: Cinetren. Duración: 92 minutos.

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