Christine McPherson tiene 17 años, vive en la ciudad de Sacramento -que según parece es algo así como la nada dentro del estado de California-, está terminando la secundaria y se prepara para ir a la universidad, mientras libra una batalla sin cuartel con su madre. Cuestiones de carácter. Pero Christine es diferente, es una excéntrica que se hace llamar Lady Bird y aunque no se diferencia demasiado del resto de los jóvenes que la rodean -apuros, decisiones equivocadas, idealizaciones varias, intensos sufrimientos que se suman a otros de igual calibre y corta duración-, aunque no se distinga por su belleza, ni por su simpatía, ni por sus calificaciones, ni por una inteligencia desbordante, tiene la convicción de que Sacramento le queda chica y que su destino está en el otro extremo del país, en Nueva York.

La primera película en solitario de Greta Gerwig a simple vista puede confundirse como la típica comedia dramática de una joven a la hora de tomar decisiones e ingresar al mundo adulto, sin embargo lo novedoso y tremendamente atractivo de la película es que la protagonista no tiene ninguna de las características que la podrían hacer diferente a miles de adolescentes del mundo y por eso merecedora de un destino grandioso. Sin embargo lo que sí tiene Lady Bird es la determinación que el escepticismo, su escepticismo, bien puede ser el motor de una vida, de su vida. El otro elemento decisivo que la hace diferente es Marion (Laurie Metcalf), su madre, con tanto carácter como ella, una madre tan fuerte para sostener a toda una familia en problemas, una madre que la confronta, que está dispuesta a traducir todo el amor que siente por su hija en una serie de mandatos antipáticos para que Christine (no Lady Bird), entre en razones, estudie en una universidad estatal, se amolde, no sufra decepciones.

El duelo entonces se plantea desde el vamos, mientras Lady Bird se equivoca, vive, sueña con salir de su pesadilla de cabotaje (sin tener con qué), las discusiones entre Christine y Marion -formidables Ronan y Metcalf- se suceden a un ritmo frenético, tanto que en uno de esos cruces dentro del auto Lady Bird, no Christine, se tira con el vehículo en movimiento. Lejos de los estereotipos, la directora sostiene con un oído exquisito la voz adolescente durante todo el relato y parece obedecer a una premisa autoimpuesta que podría ser algo así como ‘si sos joven y se supone que tenés la vida por delante, el largo plazo no existe, en tanto siempre habrá tiempo para enmendar cualquier error’.

Los amigos, los amores, los amores equivocados, el colegio religioso, la familia amorosa pero incomprensible, todos esos elementos conforman esa anomalía que se hace llamar Lady Bird y la acompañarán en Nueva York o Sacramento. Para siempre.

En las antípodas de la llamada Nueva Comedia Americana, Greta Gerwig -habitual guionista de su actual pareja, el director Noah Baumbach- se instala como una referente del género, con una película sobre los afectos y el crecimiento, visceral, sin estridencias, compleja, cerebral y a la vez, absolutamente emotiva.

LADY BIRD
Lady Bird. Estados Unidos, 2017.
Dirección y guión: Greta Gerwig. Intérpretes: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalamet, Beanie Feldstein, Lois Smith, Stephen Henderson, Odeya Rush, Jordan Rodrigues, Marielle Scott. Fotografia: Sam Levy. Montaje: Nick Houy. Arte: Chris Jones. Música: Jon Brion. Duración: 94 minutos.

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