El campo en Missisipi parece un vasto lodazal. A pesar de ello presenciamos como el pesar de sus protagonistas mucho tiene que ver con la pertenencia a la propia tierra. Aquella por la que se trabaja, se suda, se sangra y se muere. Norteamérica ha construido sus ídolos de celuloide también en aquellas remotas tierras. El sueño norteamericano no solo latía en los corazones de los blancos, Mudbound: El color de la guerra pone el palpitar en aquellos negros que trabajaban cuerpo a cuerpo, afligida y acallada anónima nación.

La guerra quiebra todos los órdenes, aquellos que fueron sus protagonistas (Ronsel y Jamie) no podrán volver a casa siendo los mismos. Por mucho de traumático que haya tenido esa situación parece indicar un camino de desvió y reformulación de ciertas viejas costumbres de la idiosincrasia sureña. Volver a casa supone el reencuentro con la diferencia, aquella que dividió (y sigue marcando) los usos y espacios habilitados para cada quien.

La bucólica vida supone otros tiempos, algo de ello se siente. El ritmo pautado por los monólogos de cada uno de los personajes hace a la cinta un tanto larga, al mismo tiempo da espacio a construir una variada propuesta de personajes que retoma la vía de lo atractivo. Se hace presente el pulso de la novela que da respaldo a la propuesta. Temáticas que no pierden vigencia en el cine norteamericano son llevadas con asepsia, ganancia de un guion que se muestra pulido y acabado. Por otro lado, y a pesar de lo dicho anteriormente, las interpretaciones no destacan ni consuman grandes escenas. Todo tan meticulosamente cuidado; una estética de lo políticamente correcto que no permite desenterrar el horror de la guerra y la diferencia.

MUDBOUND
Mudbound: El Color de la Guerra, Estados Unidos, 2017.
Dirección: Dee Rees. Guion: Dee Rees, Virgil Williams. Intérpretes: Jason Mitchell, Garrett Hedlund, Jason Clarke, Rob Morgan. Duración: 134 minutos.

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