Claro, las películas pueden arrancar o seguir por donde se les ocurra a los creadores, las escenas pueden tener cualquier punto de vista, el perfil de los personajes puede estar construido de múltiples formas. Y así. Pero hay una mirada sobre el total de la obra, tanto del que la construye como del receptor y ahí es donde el asunto se pone interesante. Como todas, Yo soy Tonya es una película que cuenta lo que cuenta y de la manera en que lo hace a partir de una serie de decisiones y es lícito pensar que probablemente la dirección, los productores, incluso parte del elenco, etc, comparten una manera de ver las cosas y llevando un paso más allá la especulación, que están convencidos que hay un público potencial para esa propuesta.

La película cuenta la vida de Tonya Harding, una patinadora artística estadounidense con un talento fuera de lo común, que llegó a arañar las grande ligas del deporte pero que quedó rápidamente fuera de la actividad cuando se la vinculó con un atentado que sufrió su principal rival, Nancy Kerrigan.

A partir de la cobertura de los medios que se hicieron un festín con el caso, el drama trascendió los acotadísimos márgenes del patinaje artístico en el hielo y se convirtió en una especie de reálity que buena parte del mundo siguió con pasión. La película indaga la vida de Harding, va hasta su infancia desgraciada, su adolescencia ídem y la apoteosis, con sus primeros y desgraciadísimos pasos como adulta. Todo esto se ajusta a la historia real de Tonya (bien Margot Robbie), con un padre ausente, una madre perversa y un esposo golpeador, un grupo de personajes pertenecientes a un universo hostil, triste y desgraciado. Lo cierto es que el relato se detiene com lujo de detalles en cada uno de los mojones del calvario que sufrió la deportista, pobre, rústica, sin preparación. Y según el relato, todos estos elementos fueron trazando el camino que desembocó en el atentado y que Tonya se quedara afuera del patinaje.

A través de recursos como los testimonios a cámara de un falso especial de tv, el director Craig Gillespie (Horas contadas, Un golpe de talento, Enemigo en casa, Lars y la chica real) recurre a una puesta que usa y abusa del feismo para dar cuenta de la vida miserable que sufren millones de estadunidenses, white trash en toda su opacidad, que al final tiene como resultado una película miserable que no hace más que potenciar los prejuicios sobre los que menos tienen y abonar la idea de que si bien la sufrida Tonya Harding, que por alguna razón había sido favorecida por el talento del patinaje (una anomalía), su grotesca existencia fue la que la hizo indigna de ese don. Ahhh, Allison Janney ganó el Oscar como mejor actriz de reparto como la madre terrible de Tonya.

YO SOY TONYA
I, Tonya. Estados Unidos, 2017.
Dirección: Craig Gillespie. Intérpretes: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson, Paul Walter Hauser y Bobby Cannavale. Guión: Steven Rogers. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Música: Peter Nashel. Edición: Tatiana S. Riegel. Distribuidora: Mont Blanc Cinema. Duración: 121 minutos.

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